En la Relacion Geografica de Nueva Segovia, elaborada en 1579, al hablar de los pueblos indígenas que poblaban sierras montuosas por “la banda del norte” menciona a los gayones y otros grupos y de seguidas se lee:
“Susténtarse de pencas a manera de cardo de España, y las pencas son más gordas y más anchas. Hay gran cantidad de ellas, que los naturales [¿cuáles?] lo llaman cocuy, y nosotros lo apropiamos al cardo como dicho es”. Luego explica el proceso de elaboración que conocemos.
Fray Pedro Simón, al hablar de la alimentación indígena dice cómo asaban los venados envueltos en grandes hojas y agrega:
“En estas mismas hojas calientes meten unos troncos verdes de unas matas de cocuyza, que es casi lo mismo que maguey, habiéndole cortado lo largo de las hojas, y después de bien sazonado con el calor, chupan aquellos troncos y le sacan el jugo, que no es poco el que tienen, con un sabor de arrope o mala miel de cañas, que es también purgatorio” ( Noticias Historiales, 1962, II, p. 207).
Y, finalmente, sin agotar las posibles fuentes, el Dr. Ambrosio Perera, incluye en su libro Organización de los Pueblos Antiguos de Venezuela, tomo II, p. 215, un informe del 27 de agosto de 1765 acerca de los gayones de Bobare, que ya se había fundado en 1732-1733, con indios nativos de los llanos, en el cual se dice lo siguiente:
“…su cotidiano mantenimiento es una hierba mala que llaman cocuyo, la que con el beneficio de hornearla deja de ser venenosa y es comida dulce y de sustento”.
Aquí si no hay ya confusión alguna. En Bobare, fundado con indios gayones traídos de los llanos, los gayones horneaban el cocuy para comerlo y, casi seguro, para hacer la bebida fermentada de la cual ahora se extrae, por destilación, el muy justamente ponderado cocuy 56º.
Capítulo VII
Conocido ya el punto más remoto de donde vinieron en tiempos no determinados con exactitud los indios Cocuy (conocidos desde el siglo XVI con el nombre de Cayones) y fijada con cierta exactitud su localización en la región portuguesa-larense de las estribaciones andinas donde ubicaron sus principales poblamientos, conviene conocer hacia qué zonas de varios Estados, principalmente de Lara, se dispersaron y que causas motivaron dicha dispersión antes y después del siglo XVII.
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En artículos anteriores nos hemos referido a las migraciones de los grupos indígenas, entre los siglos X y XV a. C., por razones de alimentación y citamos las investigaciones arqueológicas de Alberta Zucchi que las comprueban.
Pero la alimentación no fue la única causa de movilización geográfica y en el caso de los indios Cocuy o gayones pueden señalarse, especialmente en el siglo XVII, traslados compulsivos llevados a cabo por sus encomenderos.
La documentación del siglo XVI que puede consultarse (Relaciones Geográficas de Nueva Segovia y del Tocuyo de 1579, la relación de Juan Pérez de Tolosa, 1546, Viaje y Descripción de las Indias, 1539-1556, de Galeotto Cey, las crónicas de Aguado y Simón, etc) todos confirman que en El Tocuyo y entre El Tocuyo y Barquisimeto, se encontraban indios de etnias y lenguas diferentes, mencionándose a caquetíos, coyones, ajaguas, coybas, jiraharas, guamonteyes, camabos, gayones (sic), cunariguas (sic), atariguas, quibores, barquisimetos (sic), etc.
Con la salvedad de que la denominación de los últimos, dada por Simón, no corresponde en verdad a grupos étnicos sino a lo que podría tal vez considerarse como gentilicios por los lugares donde vivían tales indios, la razón de esta convivencia multiétnica sólo podría explicarse por traslados de diversos grupos y su concentración en El Tocuyo y Quíbor, no porque esa diversidad étnica perteneciera originalmente a dichos lugares. En diversas ocasiones comprobamos esta dolorosa realidad.
Por ejemplo, indios Cocuy o gayones de San Francisco de la Otra Banda , uno de los pueblos de las montañas morandinas fundado por de la Hoz Berrío en 1620, encomendados a la viuda María de la Peña , representante de su menor hijo, fueron sacados de su lugar de origen, la región de Guarico, y llevados a Quíbor y otras partes que la fuente (Ambrosio Perera. Organización de Pueblos Antiguos de Venezuela, 1940, II, 112) no menciona.
Igual sucedió con los indios de Gaspar Pereira a quienes tenía en Sanare y habían sido asignados a San Francisco de la Otra Banda. Este Gaspar Pereira era tutor del hijo menor de Cristóbal Suárez Brito y sus indios, Cocuy o gayones como los anteriores, los tenía también en Quíbor en trabajos de una finca de maíz.
Pero es que los indios asignados a San Francisco de la Otra Banda tampoco eran de allí por lo que los pertenecientes al encomendero Gonzalo Martel de Castro se fugaban a su lugar de origen llamado La Montaña.
En iguales condiciones se encontraban los pertenecientes al Capitán Arias Reinoso quienes asignados a San Francisco de la Otra Banda , nunca consintieron en salir de La Montaña (Perera, I, 113).
Los indios Cocuy o gayones de la encomienda de Diego Rodríguez Moreno, del valle de Cubiro fueron agregados a los encomendados del Capitán Alonso de Mendoza que luego pasaron a su hijo de igual nombre.
Al encomendero de Duaca, Ambrosio Sánchez se le hicieron cargos por sacar a sus indios de dicho pueblo y llevarlos a una finca que poseía cerca de Barquisimeto.
Cabe la posibilidad de que al valle de Quíbor, donde algunos encomenderos tenían sus posesiones, fueron trasladados numerosos grupos de estos indios que, originalmente habitaban no en el llamado Valle de Quíbor sino en la Sierra de Acarigua, montañas morandinas y de los actuales Municipios Andrés Eloy Blanco, Jiménez y Torres.
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Convendría investigar con mayor amplitud este caso de Quíbor en relación con los traslados de indios Cocuy o gayón, hechos por expediciones en el siglo XVI y encomenderos en el siglo XVII y determinar claramente quiénes lo poblaban originalmente. Tan cerca de Buenavista de Cuara, territorio ajagua, parece lógico pensar que si no estaba poblado por indios ajaguas, estos ejercerían mucha influencia sobre el mismo. Veamos algunas informaciones extraídas de fuentes confiables con las cuales podemos adelantar, un poco al menos, en el esclarecimiento del asunto.
En 1620, Francisco de la Hoz Berrío , fundó el pueblo de doctrina de indios de Nuestra Señora de Altagracia y al mismo fueron asignados indios de diferentes encomiendas a cuyos encomenderos se les acusó posteriormente de permitir que sus indios no permanecieran en el pueblo.
A Gracián de Alvarado Muñatores, por ejemplo, porque sus indios, traídos de los llanos (Encomiendas, II, 390) vivían más “donde antiguamente se estaban, en las salinas y otras partes”; y a Francisco Blanco porque los suyos moraban en el sitio de Maguace “donde el encomendero tenía un hato de ganado y que quedaba a un cuarto de legua de la población” (Perera, I, 122).
A Quíbor, como en los demás pueblos de la naciente Venezuela, siempre por el interés mercantil de los conquistadores europeos, habían sido trasladados, como consta en expedientes de encomiendas, indios de diferentes etnias y regiones: Cocuy o gayones de los llanos, Ajaguas de Cuara y de las montañas meridionales del actual Estado Lara; Camagos; con Juan de Villegas y expedicionarios alemanes vinieron caquetíos de Coro, jiraharas de la sierra de Falcón, ayamanes de la cuenca rio tocuyana y el capitán Bartolomé Torrealba Almodóvar, comisionado por Berrío, sacó de Nirgua indios jirajaras que igualmente llevó a Quíbor.
Este mismo Torrealba “redujo en la misma oportunidad [de 1625] en el pueblo de Quíbor algunos indios gayones” (Perera, II, 239-240).
El Dr. Ambrosio Perera (I, 129) no cree, como el Hermano Nectario, a quien en este caso yo siento mejor orientado, que Quíbor haya estado poblado por ajaguas pero sí que eran gayones a quienes se sumaron los traídos de Acarigua por el encomendero Jerónimo Alemán en 1601 y que ya estaban allí cuando fueron encomendados a Alemán en las personas de los indios Juan Uribe y Diego Aray en 1620.
Los ejemplos que aquí damos donde indios gayones fueron extraídos de sus lugares nativos y, a la fuerza, llevados a otros, nos parece que bastan para mostrar cómo no puede concluirse, de la presencia en un determinado lugar de indios gayones, que el mismo habría estado poblado originalmente por dichos indios pero además podemos visualizar el amplio espacio geográfico hacia donde se dispersaron numerosas parcialidades de esta etnia, cuyos descendientes, en muchos casos, pueblan lugares que no pertenecieron en realidad a sus padres.
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Los traslados compulsivos realizados por los encomenderos, con ser como fueron causa de dispersión de los indios Cocuy o gayones, hacia zonas alejadas de sus habitats naturales, no lo fueron tanto como las fundaciones de pueblos que al mismo tiempo significaban, como política de Estado, la destrucción simultánea e inmediata de los albergues nativos y traslado al lugar escogido para el nuevo y reductor establecimiento.
Los ejemplos abundan, pero haremos referencia a algunos donde los Cocuy o gayones fueron obligados a abandonar sus sitios nativos, y a trasladarse a otros, muchas veces de condiciones altamente negativas en cuanto a salubridad, calidad de las tierras y fuentes muy precarias de alimentación natural: caza y pesca.
Santo Tomás de la Calera , el cual como otros que citaremos o ya hemos mencionado, fue fundado por Francisco de la Hoz Berrío a finales de 1619 o principios de 1620 en la sabana de Auro, en el sitio denominado La Calera , donde se encontraba la encomienda de Beatriz de Torres, según lo investigó bien el Dr. Ambrosio Perera.
Ajaguas y gayones pertenecieron a este pueblo, los segundos traídos “en razón de continuas amenazas y peligros que representaban en sus tierras de origen” para los caminantes y ganados (Perera I, 87).
(Este “lugar de origen” que se menciona en la fuente citada, estaba ubicado en el ahora Estado Yaracuy frontero con el Estado Cojedes y se llamaba Ibirigua o Ibidigua) (Perera, I, 89).
Pocos meses después el Capitán Bartolomé de Torrealba Almodóvar trajo a dicho pueblo indios gayones que por más de 25 años, es decir desde 1595, estuvieron en un lugar llamado Guataquero, cocinando para sus aliados los jirajaras de Nirgua, lo que hace suponer que dicho Guataquero, como Ibidigua, quedaba en los términos de esa región de Nirgua, controlada por los rebeldes jirajaras.
Hacia 1643 los indios Cocuy o gayones encomendados a Santo Tomás habían huido en su mayoría y el pueblo estaba prácticamente destruido, sin iglesia y sin habitantes.
En 1671 se hicieron cargo de Santo Tomás los frailes capuchinos, quienes lograron reunir a los fugitivos de diferentes encomiendas. Ciento cuarenta y tres familias que, según el hermano Nectario, se sacaron de las montañas de Bucaral y Río Claro, donde se habían refugiado, fueron nuevamente llevados a Santo Tomás. De aquí los llevaron, dos años después, a orillas del río Barquisimeto, al pueblo que allí establecieron con el nombre de Santa Rosa del Cerrito, los frailes capuchinos.
San Juan Bautista de Duaca es otro de los pueblos fundados por de la Hoz Berrío en 1620, tal como ya lo dijimos, con ayamanes de la zona, jirajaras de Nirgua y gayones de los llanos o Ibirigua.
Estos indios pertenecían a la encomienda de Pedro Gómez a quien, después, se le formularon cargos por permitir que huyeran de ese sitio de tal modo que para 1643, Duaca como pueblo de doctrina prácticamente ya no existía (Perera I, 93), aunque posteriormente, en 1690, el padre Bartolomé José Salazar Ruiz, logró reunirlos y poblarlos nuevamente en aquel lugar.
En 1765, y ello nos acerca más a la idea de que el territorio de Duaca era parte del de los ayamán, el gobernador indio era el cacique de esa etnia, Manuel Querales (Perera, II, 102), cargo que detentaba hacía diez años.
Los indios Cocuy o gayones, con quienes en 1620, se fundó el pueblo de Santa Cruz de Guarico, a orillas de la quebrada Hichie, en lengua gayón, si bien pertenecían a la misma comarca, fueron traídos de diferentes lugares de ella. Así los indios encomendados a Cristóbal Suárez Brito eran de un lugar no señalado; los de Juan Pérez Hurtado, Bernardo de Mederos, Pedro Rodríguez Moreno y Miguel de Quirós, eran de El Cauro y Quebrada Honda; los de Alonso de Villanueva, de la Montaña ; los de Alonso Martín de El Cauro, Río del Estribo y Valle Buteo; los de Felipe Linárez y Torrellas, de El Cauro, Santanejas, María Cauro y Guarico; los de Luis de Torrellas de Ciénega y Palomera.
A San José de Guama, de los fundados en 1620 por de la Hoy Berrío ” …fue trasladada y agregada {en 1625} una parcialidad de indios gayones encomendados a Lorenzo Vásquez” (Perera, I, 98).
El caso de este grupo es muy ilustrativo de los continuos traslados de que eran objeto los indios Cocuy o gayón.
“Estos indios habían sido antes llevados por el capitán Bartolomé de Almao, a causa de sus desórdenes, al río Portuguesa de donde huyeron a pesar de la guardia que se les tenía”. Apresados, fueron conducidos a Barquisimeto de donde el Gobernador la Hoz Berrío , los hizo llevar al valle de Acarigua, donde fueron atacados por indios caribes y entonces llevados a Guama. De aquí el encomendero Lorenzo Vásquez, los llevó a Guaiurebo, a una legua de Guama, donde tenía una estancia. (Perera, I, 98).
En este caso se conjugaron varias de las causas de dispersión de los indios cocuy o gayones: fundación de un pueblo, fugas de indios y traslado del encomendero. La suerte futura que haya sido la de estos indios, pone seguramente su sello étnico y cultural en buena parte de la historia raigal del pueblo guameño, enclavado en tierra caquetía y originalmente poblado por esta otra etnia arawak tan distinta a la gayón. Por cierto, hacia 1642 convivían en Guama indios de ambas etnias: los gayones pertenecientes a la encomienda de Juan Vásquez Calderón y los nativos caquetíos. (Perera, II, 158).
Yaritagua es otro pueblo yaracuyano de características étnicas parecidas a Guama.
Por 1663 don Tomás de Ponte, administrador de su esposa, la encomendera Felipa de Mora, sacó de Humocaro Alto, 40 familias coyonas, fundando con ellas una hacienda de trapiche y caña a partir de la cual, por agregación de viviendas, se conformó el pueblo.
En 1690 el Cabildo de Indios de Yaritagua, haciendo valer sus derechos de residencia por largo tiempo en dicho lugar donde los más viejos de sus antepasados traídos de Humocaro Alto, estaban enterrados y donde sus familias, unas 40 con más de 300 personas habían crecido, pedía se les asignara condición de pueblo, lo que les fue concedido por Auto de 30 de junio de 1690 (Perera, III,93).
Así que en la historia y cultura yaritagüense es obligante tomar en cuenta estas noticias de su formación como pueblo ya que allí, sobre territorio y población caquetía original, se implantaron en el siglo XVII, estas raíces étnicas y culturales del pueblo Cocuy o gayón.
Capítulo VIII
Humocaro Alto, algo en lo que nadie ha reparado, puede ser caracterizado como origen de otros establecimientos poblacionales, tal como le sucedió respecto a Yaritagua y otros numerosos pueblos en su misma región montañosa.
Unos 2000 indios Cocuy o gayones más o menos, se le adjudicaban al curato de dicho pueblo en 1758, pero la mayoría de ellos vivía en otros lugares anteriormente ya mencionados: en Chabasquén, a diez leguas; en Jabón, a tres leguas; en La Mesa , a una legua; en Chabasquencito, a cinco leguas; en Queno y Las Rosas, a tres leguas; en La Ciénega , a cuatro leguas; en El Cercado, a seis leguas; en La Otra Banda , a siete leguas… (Perera, III, 112)
A diferencia de Humocaro Alto cuyos indios a ella asignados fueron la base poblacional de diversos pueblos cercanos, con Santa Cruz de Guarico sucedió lo contrario: para su fundación fueron reunidos indios de diferentes poblados y sus hogares fueron destruidos tal como se lee en el Auto del Gobernador de la Hoz Berrío del 3 de marzo de 1620, acerca de la fundación de dicho pueblo:
“… todos los dichos indios, así de Quebrada Honda, Amorador, El Cauro, Río del Estribo, Guache y Buteo, como los de este Guarico y los demás de suso referidos sean sacados de sus asientos, sitios y poblaciones viejas y otras partes donde están a la dicha nueva población y sitio de Guarico a la parte y lugar que dicho es y se les quemen y quiten y demuelan sus bohíos antiguos sin consentirlos ningunos, en otra parte fuera de ella”.
También la jurisdicción de la Villa de San Carlos de Austria, según un informe del 30 de abril de 1765, elaborado por Fray Marcelino de San Vicente, estaba poblada por indios Achaguas, guaranaos, guamos y cayones “… que no se han querido apartar”. Es decir, los indios allí de donde no eran naturales, entre ellos los Cocuy o gayones, se habían aquerenciado y se negaban a abandonar un lugar que ya habían hecho como propio.
Aunque tierras de Cojedes pueden considerarse en la ruta de los indios Cocuy, emigrando hacia el sur de las montañas morandinas y larenses, lo cierto es que, al igual que la villa de San Carlos para poblar el pueblo de San Diego de Cojedes, en 1700 el Consejo de Indias autorizó el traslado de indios gayones del Cerrito de Santa Rosa, de los cuales se sacaron 40 familias que pudieron haber sido enviadas a Santo Domingo, Isla Española.
A este respecto el Licenciado Armando González, en la p. 192 en su tesis de Maestría, en Historia cita lo siguiente:
“También este mismo año, [1701] según lo acordado y mandado por VM se pobló el lugar de San Diego, en el río Cojedes, de indios Gayones que estaban en el Cerrito de Santa Rosa de Barquisimeto y en otras partes esparcidos, separándolos de los menecabras en la misma conformidad que estaba mandado por la Real Cédula habiendo aumentado el número y vecindad de este pueblo con el de 40 familias, que al parecer de todo el Capitulo y consentimiento del Obispo y gobernador, se sacaron del pueblo de San Antonio de Araure, por ser muy populoso y por obviar las inquietudes y discusiones que con dichas cuarentas familias tenían los demás de dichos pueblos” (Memoria del Prefecto P. Marcelino de San Vicente, en Carrocera. Misión… , 1972, tomo II, p. 18).
En 1725 el mayor pueblo de las misiones, regido por capuchinos, era Los Achaguas así llamado San Diego del Río Cojedes donde había Gayones, Guaricos y Guaraunos (Perera, II, p. 182).
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Otra causa, finalmente, de la dispersión de los indios Cocuy, asentados ya al final de su milenario viaje desde Melanesia hasta las montañas del sur larense fueron las fugas que protagonizaban cuando las condiciones en que los hacían vivir en los pueblos donde los establecían, generalmente contra su agrado, no les favorecían ni en sus vidas, ni en sus labores, ni en su seguridad.
Para 1679, los Cocuy o gayones, principalmente aquellos que 6 años antes habían sido trasladados de Santo Tomás de la Calera al Cerrito de Santa Rosa, estaban en guerra total contra los barquisimetanos, asaltando los caminos reales, dando muerte a los viajeros, practicando robos, llevándose los ganados, incendiando las casas de haciendas.
Los barquisimetanos en permanente alerta de guerra, temían incluso que en algún momento la ciudad fuese incendiada. Estos indios actuaban desde sus refugios de Bobare, Menecabra (Perera, II, 52) y otros lugares a donde habían huido del pueblo de Santa Rosa por diversas razones como la que en carta de 1693, Diego Bartolomé Bravo de Anaya, expone ante el Rey: “… las tierras que habitan [los gayones en Santa Rosa], eran montes ásperos, muy secos e incultivables”. (Perera, II, 53)
Precisamente, lo repetimos, con estos indios fugados de Santa Rosa fue que se fundó el Apostolado de Algarí.
En 1706, con indios sacados de los montes a donde habían huido de Santa Rosa, se fundó el Apostolado de Algarí que apenas duró tres años porque los indios volvieron a los montes de donde, años después, fueron sacados y llevados para la fundación de Bobare a finales de 1732 o principios de 1733 aunque el Dr. Ambrosio Perera, fuente principal para estos trabajos, no cree que todos los indios huidos de Santa Rosa, hayan aceptado residir en Bobare y más bien estima que de ir a algún lado, sería a Santa Rosa pero, como sea, de estos fugitivos, comunidades con El Cercado, de la Parroquia Santa Rosa; Chirgua de la misma parroquia, y otras de Cují y Tamaca, tendrían este común origen poblacional y étnico aunque sus territorios pueden ubicarse entre los pertenecientes ancestralmente a otras etnias, como a los caquetíos esos de El Cercado y a los ayamanes al noreste, norte y noroeste de Barquisimeto.
Capítulo IX
Creemos haber demostrado que los indios Cocuy, llamados gayones, cayones, desde el siglo XVI, estaban principalmente poblados en territorios del Estado Portuguesa, al norte y de Lara, al sur, cuando en 1530 penetró a estas tierras la expedición europea que vino de Coro y comandó el alemán Nicolás de Féderman y que fue posteriormente, a causa de los invasores españoles que dichos indios se instalaron, por ellos mismos u obligados, en lugares ocupados, pertenecientes o que eran reservas territoriales de grupos étnicos distintos, en tiempos anteriores a la llegada europea.
Se fundamenta este criterio en la hipótesis de que estos indios Cocuy, o gayones, originarios de Melanesia, una vez que se hubieron establecido en América, avanzaron de sur a norte hasta los lugares donde los encontraron los invasores españoles del siglo XVI o los gobernantes y frailes pobladores del siglo XVII.
En razón de este criterio, no compartimos los de aquellos escritores, historiadores o antropólogos en cuanto a la ubicación que asignan a esta etnia, pues en la base de los mismos priva la equivocada actitud de no distinguir entre los territorios originales de dicha etnia y los pueblos formados posteriormente, casi todo, con la manifiesta oposición de los propios indios Cocuy o gayón. Los casos de Santa Rosa del Cerrito, Bobare y, posiblemente, Quíbor, precisamente tres de los que los historiadores consideran núcleos poblacionales gayón, y no lo fueron en realidad, resultan emblemáticos al respecto.
Directamente o inferida, en estas opiniones, prevalece la idea de que los indios Cocuy o gayones, para el momento de la invasión española tendría su centro poblacional en Bobare (por donde creen erróneamente que pasó Fédermann 1530), Quíbor ( por donde sí pasó ubicándolo como territorio ajagua) y zonas circunvecinas y desde dichos lugares prolongarían sus territorios hacia el sur del Estado Lara, lo que como creemos haberlo demostrado, no es cierto.
Estudiemos a algunos de estos autores.
Alfredo Jahn, por ejemplo, fuente primaria de estas erradas opiniones, delimita el supuesto territorio gayón en el Estado Lara de esta manera:
“… Norte, con los Ayomanes por Matatere; al Oeste y Sur, con el de los Xaguas y Jirajaras por el río Tocuyo y siguiendo la Cordillera de Sanare y Río Claro; y al Este con los Caquetíos de Yaracuy y con los Itotos de la Sierra de Aroa, siguiendo más o menos la línea divisoria de las aguas del río Turbio y del Yaracuy, o sea pasando por la Sabana llamada de Parra. También hemos visto que, según los cronistas, esta tribu y la de los Cuibas ocupaban las llanuras de Barquisimeto, Quíbor y el Tocuyo” ( Aborígenes del Occidente de Venezuela. Caracas, 1973, II, p. 73).
Luego de lo cual pasa a informar que “El pueblo de Bobare, al Norte de Barquisimeto, que podemos considerar como centro del territorio indígena, fue fundado…” (Id., p. 74) y continuando en su equivocada concepción respecto a la zona o comarca donde se encontraban los indios Cocuy o gayones, al momento de la invasión española, establece esta desacertada opinión:
“Es oportuno observar que muchos de los gentilicios de las naciones que, según los cronistas, hallaron los conquistadores y misioneros en el Norte de Venezuela, particularmente en los lugares que nos ocupan, aparecen hoy radicados 300 kilómetros más al Sur. Este desplazamiento –que Jahn considera se hizo de Norte a Sur- pudo ser consecuencia de la presión ejercida por el arribo de nuevas razas (sic), que comenzaron a extenderse de la costa al interior del país. Es de presumir que aquellas tribus indómitas, de hábitos nómadas, inamoldables a la vida sedentaria que se les quería imponer en las misiones y atemorizados, además, por el tráfico y comercio que de sus personas hacían unos y otros, huyesen progresivamente al interior del país, a proporción que avanzaban los invasores blancos” (Jahn, II, 75).
Y para que se vea mejor cómo andaba equivocado el Dr. Jahn en su opinión sobre desplazamientos indígenas, entre ellos los de los indios Cocuy o gayones, desde Lara, supuestamente centro nuclear indígena, hacia el Sur, zona de dispersión, Jahn cita a Herrera y su Historia General de las Indias Occidentales, tomo IV, p. 248, para aceptar lo que este cronista dice acerca de que el trayecto entre Barquisimeto y El Tocuyo, estaba poblado por Cuibas, Cuyones y otras diversas lenguas, y así escribe lo siguiente:
“De modo que, o estos indios se trasladaron en el transcurso del tiempo desde su primitivo asiento en Barquisimeto a las márgenes del Meta, o los que aquí [en el Meta] habitan nada tienen de común con los del Estado Lara” (Id., 74).
En criterio de Jahn, como puede verificarse en este último párrafo, no hay dudas: los indios cuyones, como llama a los Cocuy, y los Cuibas, o eran de Lara o tenían igual nombre que aquellos del sur venezolano, pero de ningún modo se le ocurrió que pudieran haber venido, en antiguos procesos migratorios (podrían ser desde el siglo X, según lo comprueba arqueológicamente la doctora Alberta Zucchi ya citada en artículos anteriores) en dirección Sur-Norte, del Orinoco y Meta, hacia la región larense que, por todo lo que hemos argumentado con respaldo documental incuestionable, fue precisamente lo que sucedió.
Lamentablemente, como en su momento nadie contrarió los criterios del Dr. Jahn, y posteriormente se le aceptaron para difundirlos como valederos –incluso yo lo hice-, los suyos son los que han privado hasta ahora creando, como era lógico y lamentable, no poca confusión en las investigaciones históricas, arqueológicas, antropológicas, lingüísticas y etnológicas.
Sinembargo, y así tenemos que reconocerlo, el Dr. Jahn observó el fenómeno de los traslados indígenas desde sus lugares de origen hasta zonas extrañas para ellos, incluidas las del Estado Lara, pero creyó que eso sólo era aplicable a las “tribus exóticas” que los documentos mencionan en territorio larense:
“En cuanto a las tribus citadas en el informe de las Misiones de Capuchinos, aparentemente exóticas en los Estados Lara y Yaracuy, debemos considerarlas como huéspedes ocasionales llevadas allí por los misioneros a principios del siglo diez y ocho” (Id., 78).
Eso fue exactamente lo que pasó, aunque no de modo ocasional, con los indios Cocuy o gayones, desde el siglo XVII, llevados a Santa Rosa, Duaca, Yaritagua, Guama, Bobare y posiblemente a Quíbor, cuestión a la que Jahn y sus seguidores no prestaron atención, en la creencia de que en esos lugares o pueblos, los gayones no eran “tribus exóticas” sino población nativa.
Capítulo X
1
En 1916 Luis R. Oramas publicó en Caracas una pequeña obra titulada Materiales para el Estudio de los dialectos Ayamán, Gayón, Jirajara, Ajagua , en el cual da por comprobado que los indígenas que hablaban estas lenguas ocupaban el territorio, relativamente pequeño, al norte del Estado Lara y que los mismos, en un revoltijo étnico bastante extraño, por lo menos que se puede decir, convivieron sin mayores problemas, no sólo compartiendo un mismo y poco extenso territorio, sino los recursos naturales del mismo e, incluso, hablando lenguas curiosamente parecidas, según su opinión, sin importar que las etnias mencionadas, Ayamán, Gayón, Jirajara, Ajaguas, como se sabe por diversos y conclusivos estudios, pertenecieran a grupos humanos identificados como distintos y hablantes de lenguas igualmente derivadas de familias lingüísticas distintas.
Oramas delimitó esta supuesta y paradisíaca región intérnica así: “La región estudiada está situada al Noroeste de Barquisimeto y comprendida en un triángulo aproximadamente equilátero con un ángulo al Norte en Parupano con otro ángulo al Sur en Bobare y el otro al Noroeste en Siquisique” (Op., cit., p.7).
En este “triángulo aproximadamente equilátero”, los núcleos indígenas serían: San Miguel, Aguada Grande y Moroturo, esto es Parupano al cual pertenecerían los Ayamanes; en Bobare se ubicarían los Gayones, y, en las cercanías de Siquisique, los Jirajaras.
El cuarto grupo, el de los Ajaguas, según Oramas, si bien no habitaban este “triángulo aproximadamente equilátero”, estaban un poco más extendidos en un territorio vecino, estrechamente relacionado con el anterior.
Los Ajaguas, afirma Oramas, “vecinos de los Jirajaras por el lado Norte, y por el Este, de los Gayones” tenían su asiento principal en lugares del Estado Lara, “al Oeste, Noroeste y Suroeste de Barquisimeto; Río Tocuyo, Aregue, Carora y Curarigua, Distrito Torres; Tocuyo, Distrito Tocuyo; Quibor, Cubiro y Sanare, Distrito Quibor”.
En otros trabajos creemos haber demostrado que en cuanto a la ubicación de los Ayamanes, éstos ocuparían hasta el siglo XVI, sin más problemas que sus esporádicos enfrentamientos con etnias vecinas, gran parte del área ocupada modernamente por los Municipios falconianos Sucre, Federación, Democracia y Unión y en Lara por la parte norte de los Municipios Torres, Iribarren y Crespo y todo el Municipio Urdaneta y que los Jirajaras que Oramas coloca en Siquisique, se sabe bien y está perfectamente documentado, ocupaban la Sierra falconiana de San Luis, bien lejos de Siquisique y en cuanto a los Ajaguas, digamos por ahora lo que
la Relacion Geografica de Nueva Segovia elaborada por los Alcaldes de Barquisimeto en 1579, expresa: “… dijeron que la serranía que está en la banda del sur de este pueblo [de Barquisimeto], como dicho es, a una legua por lo más bajo de la sierra y a tres cuartos de legua y a tres leguas, y de ahí en adelante más, según se va engrosando dicha sierra, se llama en lengua de los naturales que en ella viven, y que son de nación axaguas y cuibas , (que) para decir sierra, dicen ellos: esto que nosotros llamamos serranía .” (Op. Id, cap. XVIII).
En otros capítulos de este mismo documento, bastante creíble porque se trata de un testimonio contemporáneo de carácter oficial, se hacen otras referencias acerca de que los axaguas y cuibas, moraban al sur del río Turbio, en las serranías situadas en la banda izquierda de dicho río y a varias leguas del mismo. Es decir, los Axaguas, en el siglo XVI, en 1579, vivían muy lejos de los sitios mencionados por Oramas y, como lo hemos visto, de encontrarse grupos de ellos fuera de sus territorios fue en razón de haber sido trasladados o por las autoridades españolas, los sacerdotes o por los encomenderos.
En cuanto a los Gayones, lo indios Cocuy como debieron llamarse antiguamente, que Oramas ubica exclusivamente en Bobare, hemos demostrado en esta serie de artículos que su territorio abarcaba una considerable extensión al Sur del Estado Lara y norte de Portuguesa, en la región montañosa que delimita a ambos Estados.
2
El Dr. Acosta Saígnes habla de la clasificación de George Peter Murdock y la mención que en ella se hace del Área Caribe en la cual “son escasas las tribus de culturas simples (Maticú o Mape, Gayón y Calinago o Caribes de las Islas)”.
Acosta Saígnes luego de examinar las opiniones de diversos autores acerca de los indígenas americanos, propone a su vez, una clasificación en Áreas Culturales en la cual basándose en el examen más completo de las fuentes históricas, introduce reformas a una que ya había formulado preliminarmente en 1949.
En Acosta Saígnes se advierte el grado de confusión que los especialistas alcanzaron en sus consideraciones cuando en base a las de uno, se desarrollan y proponen las de otros.
Por ejemplo, dice Acosta que en 1949 consideraba, en su clasificación personal de los indígenas venezolanos “un área especial de los Jirajaras” y entonces agrega:
“Algunos autores, basados especialmente en los datos lingüísticos de Oramas, quien había considerado un grupo Jirajara – Ayamán – Gayón – Axaguas como de filiación arahuaca, se han inclinado a ver en el Occidente una sola zona cultural de los Caquetíos con esos otros pueblos” ( Estudios de Etnología Antigua, Caracas, 1961, p. 46 ).
Esta observación de Acosta en relación con la influencia de “los datos lingüísticos de Oramas”, bastante discutibles, es absolutamente cierta y muy lamentable pues desprendidas de sus erróneas conclusiones, se han tejido muchas otras, como ya lo dijimos en investigaciones y estudios de historia, etnología, antropología, arqueología, lingüística, etc.
Respecto de los Gayones, Acosta Asignes hace mención del criterio sustentado por otro autor que, en cierta forma, contraría la de Oramas:
“Pero [Paul] Kirchohoff –escribe Acosta- ha demostrado que los Gayones deben desglosarse culturalmente, para incorporarlos a los recolectores y cazadores de los Llanos, en su estudio publicado en su, Handbook of South Americans Indians, sobre ese pueblo”.
Y cuando uno espera que Acosta Saignes, con mayor nivel profesional que Oramas y capacidad de investigación especializada, someta a crítica efectiva la curiosa clasificación interétnica (?) de Oramas respecto a estas etnias del occidente venezolano, concluye cómodamente en lo siguiente:
“Aunque pensamos con Julio Febres Cordero, que los Jirajaras y Ayamán son lingüísticamente diferentes a los Axaguas, preferimos por el momento [¡y así se quedó hasta ahora!], mantener a los tres en una unidad cultural diferente a sus vecinos caquetíos”.
¿Unidad cultural de Jirajaras de la Sierra de Falcón, Ayamanes de Parupano, territorio tan diferente al anterior y Bobare, región nuclear gayón en la errada creencia sostenida al respecto?
De acuerdo con nuestra particular y bastante documentada percepción, no podemos tampoco adherirnos a esta indemostrada unidad cultural Jirajaras – Ayamán – Gayón que con errado conocimiento acerca de la ubicación geográfica de estas etnias, fue establecido por Oramas o por nuestro amigo y colega cronista Pedro Pablo Linárez que defiende la hipotética existencia de una interetnia Jirajara – Gayón – Ayamán en su libro de Etnología del Estado Lara.
Capítulo XI
1
Modernamente, se ha ocupado de los Gayones, el Dr. Pedro Pablo Linárez,Cronista del Municipio Morán y estudioso de las culturas aborígenes y afrodescendientes venezolanos.
En su libro Etnohistoria del Estado Lara , Barquisimeto, 1995, propone “cinco grandes zonas” que habrían sido ocupadas por el pueblo Gayón.
“Los Gayón –escribe Linárez- representan a una de las etnias que ocuparon mayor extensión no sólo en el territorio larense sino que también se extendieron hacia los Estados Portuguesa, Cojedes y Yaracuy en diversos momentos históricos”.
Siendo cierto que ocuparon la extensión territorial señalada por Linárez en el párrafo precedente, no lo es que desde Lara, que para Linárez parece ser la “patria” original de los Gayones, se extendieran hacia Portuguesa, pues fue de allá que vinieron en su milenaria diáspora migratoria y a Cojedes y Yaracuy, no fue que “se extendieron” sino que los trasladaron compulsivamente por lo que si es verdad que podemos ubicarlos como habitantes primitivos, originales en el Estado Portuguesa, no podemos decir lo mismo de Yaracuy y Cojedes, aunque de este último cabría la posibilidad de haber sido tierra de tránsito Gayón hacia las montañas Dintas y Dinira.
Escribe Linárez lo siguiente:
“Si observamos el mapa del Estado Lara tenemos que el territorio ocupado por esta etnia desde la depresión de Bobare y las estribaciones montañosas del norte, extiende su ocupación hacia el norte de Barquisimeto, Río Claro, Santa Rosa, Duaca, depresión de Quibor, riberas del Tocuyo y las montañas de Cubiro, Sanare, Barbacoas, Guarico, los Humocaros, Villanueva, Anzoátegui …” (Op., cit., p. 166).
Veremos que Linárez, en otro trabajo suyo, sustenta un criterio que defiere mucho de éste que ahora citamos.
El error conceptual de esta visión sobre la ubicación de los Gayón es la de colocar a “la depresión de Bobare” como la región nuclear de esta etnia, desde la cual extendería su ocupación hacia el norte de Barquisimeto … etc., y ya por Anzoátegui hacia “los Municipios Unda (Chabasquén), Sucre (Biscucuy), Ospino, Acarigua, Araure…”, etc., lo que, repetimos, debió ser al revés.
Río Claro no podría incluirse jamás como territorio gayón; mientras Santa Rosa, Duaca, posiblemente Quibor y riberas del Río Tocuyo, tampoco lo eran, sino que a ellos, en el proceso de conquista y colonización, fueron trasladados grupos Gayón como lo hemos visto con anterioridad.
En resumen de lo que dejamos dicho la clasificación en cinco zonas de los territorios Gayón, propuesta por Linárez , resulta en verdad, muy discutible y no podemos estar de acuerdo ahora, con su afirmación de que “buena parte del territorio larense es gayón” o en todo caso habría que hacer, como lo hemos hecho en estos artículos, definir muy bien cómo se ocuparon de manera compulsiva territorios pertenecientes, antes del siglo XVI, a otras etnias o que estaban bajo su influencia sin ser ocupados con poblaciones o labranzas.
Las cinco zonas que Linárez propone son:
1.- Zona de Bobare, Los Cámagos, Algarí, Pavia y Carorita.
2.- Zona de las riberas del Tocuyo y depresión de Quibor
3.- Zona de las montañas al sur de El Tocuyo y Valles Altos
4.- Zona de Sarare, La Miel y Los Llanos
5.- Otras.
La primera y segunda no lo serían originalmente, sino posterior a 1530; en la cuarta valdría los correspondientes a los llanos, la quinta desconocemos cual sería, por lo que, en resumen, sólo puede aceptarse la tercera zona de esta clasificación, con la aclaración que ella se originó con la ocupación que de la misma hicieron los Cocuy o Gayón, en su emigración desde los llanos hacia Lara.
Pero Linárez tiene otro trabajo sobre los gayón. Fue publicado en la colección “Cuaderno Escolar Ana Soto Nº 1, 1995” , del Centro de Historia Larense.
En la página 2 de este folleto, al referirse a la ubicación de los gayón en el Estado Lara, repite más o menos lo que ya hemos citado de su libro de Etnología del Estado Lara , pero dice algo que agrega más confusión al tema de su ubicación geográfica:
“Estos pueblos Gayón ocupaban también parte de las riberas de El Turbio en el territorio que hoy ocupa Barquisimeto y desde allí se extendían hacia las mesetas altas de los llanos por Sabana de Auro, Sanare, La Miel y Acarigua, Ospino y Morador, formando un amplio y extenso territorio”.
Es decir, en este concepto ya no es desde la “depresión de Bobare” que el pueblo Gayón “extiende su ocupación hacia el norte de Barquisimeto, Río Claro, Santa Rosa…” etc, sino desde “el territorio que hoy ocupa Barquisimeto” que se habrían extendido “hacia las mesetas altas de los llanos por Sabana de Auro…”, etc.
Consecuente con este otro criterio afirma en el capítulo 1 de su folleto, titulado “Los Gayón de las sabanas de Bobare y sus alrededores”, lo siguiente:
“Aunque muchos historiadores han colocado a Bobare como el centro del territorio Gayón debemos decir que esto no es verdad porque según nuestro mapa de ubicación podemos comprender que su territorio es más extenso y en Bobare lo único que existió fue una misión de los padres Capuchinos y nada más, pero esto no puede ser motivo para considerarlo como el epicentro del pueblo Gayón”.
Linárez llama Aribacoa “buena parte de esta comarca que se extendía desde Barquisimeto hasta Matatere”, lo que sería conveniente estudiar y analizar más rigurosamente en otra oportunidad.
En la página 9 de su folleto, Linárez aporta un interesante dato de cómo, los indios llevados a Bobare para fundar a Nuestra Señora de Guadalupe en 1732, con indios escapados de Algarí y que en 1673, habían sido traídos, para fundar a Santa Rosa del Cerrito, a media legua de Barquisimeto, ellos y sus descendientes se fugaban a sus regiones ancestrales, los llanos y montañas Dinta y Dinira.
Escribe Linárez:
“Cuenta Juan Antonio Olivar, descendiente directo de Gayón, que cuando las guerras que le hicieron a éstos, hace muchos años, quizás siglos, ellos emigraron desde el territorio de Bobare y por eso se vinieron por los caminos más retirados de las ciudades y pueblos españoles hasta que llegaron a las montañas inmediatas al río Chabasquen”, donde se establecieron en diversos caseríos.
Como puede comprenderse, también estaremos en desacuerdo con lo expuesto por Linárez, en este otro criterio de que los Gayón habrían estado originalmente “en el territorio que hoy ocupa Barquisimeto”, por las razones expuestas en estos artículos sobre el origen ancestral de este pueblo y que nos parecen, hasta donde la documentación existente lo permite, suficientemente sustentadas.
Capítulo XII
1
Escribió el Dr. Lisandro Alvarado algo que todo investigador de la historia venezolana, época colonial, debería tener presente de manera inalterable a la hora de consultar fuentes históricas. Así dijo el sabio venezolano:
“Alguno que, cual lo ha hecho Tavera-Acosta, emprenda trabajos monográficos basados en los relatos de los misioneros, tropezará al punto con errores y fábulas que sientan bien en el dogmatismo español y en el estado indigente de su ciencia, agravado singularmente por el aislamiento social que padecieron las colonias e imitaban las misiones, práctica ideada por miras a la vez políticas y religiosas” (“Etnografía Patria”. En: Obras Completas . Caracas, 1989, tomo II, p. 421).
Y, precisamente, fueron esos relatos de los misioneros colonialistas, los que condujeron al Obispo Mariano Martí a recoger en la famosa relación de su visita pastoral, realizada entre 1771-1784 numerosos errores y fábulas, especialmente en cuanto a la fundación de pueblos de doctrina, equivocando las fechas de dichas fundaciones e igualmente, la etnia a la cual pertenecían los indios de dichas doctrinas. A este respecto, el Dr. Ambrosio Perera, en sus varias veces citada obra, Organización de Pueblos Antiguos de Venezuela, ha puesto de relieve los numerosos errores en que incurrió el dinámico Obispo en mucha de la información que nos dejó escrita.
Por ejemplo, en cuanto a qué grupos indígenas habitaban los pueblos que visitó a finales del siglo XVIII, son muchas las incorrecciones que la relación del ilustre sacerdote contiene.
Pero no podemos dejar de mencionar sus informes, al menos para que sean sometidos a una crítica formal y profunda.
He aquí la lista de los pueblos visitados por Martí, de los que nos interesa conocer su población en esta época: Río Tocuyo, indios gayones; Siquisique, indios ajaguas (I, 299); Aregue, ajaguas; Barbacoas, no le supieron decir de que etnia eran sus habitantes, pero si que de las cercanías de El Tocuyo, unos se habían ido a Barbacoas y otros a Guarico (I,343); Quibor, indios ajaguas y gayones llamados camperos (I,350); Cubiro, no supo (I,362); Sanare, no supo (I, 367) pero eran de Jacambia (I, 366, sic); Guarico, un indio le dijo que eran gayones pero los demás a quienes preguntó nada sabían (I, 369); Humocaro Alto, indios juayes (I, 392); Santa Ana y Siquisay, Estado Trujillo, indios carigua (sic) (I, 410); María, San Rafael de Guasguas Estado Portuguesa, gayones sacados de Humocaro Alto; Nuestra Señora de la Aparición , indios [gayones] sacados de Sanare (I,577); Cojedes fundado en 1701 con indios gayones y guamos (II, 29); San Rafael de Onoto, situado a 2 y ½ leguas de Cojedes, repoblado con gayones que vivían en Sabana Larga, a orillas del río Cojedes en su confluencia con el Sarare (II, 34).
En la lista precedente salvo lo discutible que son los datos suministrados por Martí en relación con los indios pobladores de Río Tocuyo, Siquisique, Aregue, Humocaro Alto, el resto de informaciones nos lucen ajustados a la realidad histórica debidamente documentada pero ello no quita que siempre habrá que tener en cuenta qué pueblos son originalmente de población gayón y cuáles se fundaron con gayones traídos de otros lugares.
Cuenta el Obispo Martí un interesante caso donde un grupo de familias gayón se pobló en el pueblo de Coxede:
“Muchos años ha (….) que unos indios gayones que andan dispersos en villas (sic, léase orillas) del río Coxede, más abajo del pueblo de Coxede, quieren establecerse en un terreno entre río de Coxede y el río de Sarare, y en el año próximo pasado [1780] acudieron sobre ésto al señor Gobernador, quien escribió al padre fray Gabriel de Bencócaz para que hablara conmigo este asunto de reducir estos indios a población”.
Por circunstancias que lo impidieron, entre ellos que un latifundista reclamaba aquellas tierras como suyas, estos indios fueron agregados finalmente al pueblo de Coxede (I, 259).
2
En relación con la distribución geográfica de los pueblos indígenas venezolanos, Don Lisandro Alvarado recoge lo que al respecto señala Humboldt en Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente, donde toma al río Orinoco como límite natural “entre hordas de costumbres muy diferentes”. Al Oeste “pueblos sucios, asquerosos y orgullosos de su salvaje independencia” y al Este del Orinoco “pueblos dóciles, pacíficos, dedicados a la agricultura y fáciles de someterse a la disciplina de las misiones” (Alvarado. Obras Completas, 1998, II, p. 56) pero Alvarado observa con aguda visión, cómo en la Colonia “Los Misioneros hacían trasladar familias de indios militarmente lejos de sus asientos habituales, y con ellos fundaban una misión en la que entraban razas del todo distintas, en espera de que a los indios les sería imposible, o al menos bien dificultoso, huir de la reducción, hasta tanto que a ella pudiesen habituarse” (Op. cit, II, 57).
3
“No puede pretenderse encontrar una división sistemática de las tierras ocupadas por tribus sedentarias, entre las cuales tierras figuran las que constituyen las que han venido a ser territorio de Venezuela” (José Calatrava. Venezuela y la Colonización Hispano Americana . Caracas, 1947, p. 17).
Contrario a lo que Calatrava expresa en este párrafo y mucha gente cree opongo una idea contraria y afirmo, que no desde luego con los conceptos de delimitación territorial modernos, pero sí con los propios de sus culturas, los diferentes grupos de indios venezolanos, poseían claramente determinados sus territorios a los cuales, bajo la posibilidad de agudos enfrentamientos, no podían penetrar los de otra nación, salvo convenimientos previamente establecidos por alguna relación familiar, social, comercial o política.
Más aún, tampoco avalamos la hipótesis de supuestos grupos indígenas nómadas pues aun aquellos grupos que permanentemente se trasladaban de uno a otro lugar, lo hacían exclusivamente en el que era su territorio respetando el perteneciente a otro.
A manera de ejemplo, valga lo narrado por Féderman acerca de cómo indios de una etnia determinada sólo lo acompañaban hasta el límite territorial de una etnia diferente negándose a continuar aun con la oferta de protección de las armas españolas. Así pasó con ayamanes al llegar a territorio gayón y con caquetíos al llegar a territorio de los cuibas.
Referirnos a estos conceptos del Dr. Calatrava y expresar nuestra discrepancia con ellos, tiene mucha importancia, pues se trata de que si entendemos que la ocupación de los territorios indígenas por sus habitantes naturales fue una realidad efectiva antes del siglo XVI sería incorrecto considerar como pertenecientes a una etnia aquellos lugares a donde fueron llevados compulsivamente, sacándolos de sus hábitats originales, pero además en este libro el Dr. Calatrava transcribe las clasificaciones de los indios venezolanos en cuanto a su ubicación geográfica de dos importantes investigadores: Agustín Codazzi y del Dr. Elías Toro, de las que hablaremos en próximo artículo.
Capítulo XIII
1
En su libro, Venezuela y la colonización Hispano Americana , que ya hemos citado, el Dr. Alonso Calatrava incluye, con generosa amplitud los estudios clasificatorios de las etnias aborígenes de Venezuela, realizados por varios autores que con anterioridad a él se ocuparon del tema y allí encontramos el de Agustín Codazzi, y el del Dr. Elías Toro, resumido éste de su obra Antropología General y de Venezuela precolombina, Caracas, 1906.
Toro creyó que la población indígena venezolana estuvo formada por las once naciones más numerosas: caribes, cumanagotos, tamanacos, aruacos, guaraúnos, guaharivos, maypures, salibas, yaruros, otomacos y muiscas de la Cordillera y Colombia.
En las tribus de origen caribe incluye a los indios de los grandes ríos, llanos de Maturín, Trinidad, Paria y Cumaná; al Suroeste colocaba a los Curaguos y Anacibes del río Portuguesa; al Norte y Centro, Motilones, Cunas, Teques, Araguas y los grupos Caquetíos y sus derivados, Jirajaras, Nirvas, Cuicas, Ayamanes, Tocuyos, Omocaros (Calatrava , 57-58).
Incluimos en esta serie de artículos la información de Elías Toro pero ellas requieren de algunas observaciones: Toro no hace mención de los coyones, gayones, cayones, en su intento de clasificación a menos que aceptemos como tales a los denominados por él como tocuyos y omocaros, por lo que la misma tiene poco interés para nosotros en orden al conocimiento de la ubicación geográfica de la etnia Cocuy o gayón que venimos realizando en estos artículos.
Por cierto, sorprende que la clasificación propuesta por Pedro Rivas, citada por Juan José Salazar y Félix Gil, en obras antes mencionadas, coincida con tanta exactitud con esta clasificación de Toro de 83 años antes cuando tantos y enjundiosos trabajos de investigación han sido realizados y con los cuales se han hecho tantas precisiones en el sentido, por ejemplo, de esclarecer la inexistencia de alguna etnia “Omocaros” y que esta localidad larense la poblaron determinantemente indios gayones, antiguamente Cocuy, sucediendo algo parecido con los supuestos indios “tocuyos”.
Ochenta años después estas ideas y las clasificaciones que sustentan deben considerarse quizás a título de inventario y nada más.
2
En su Resumen de la Geografía de Venezuela, cuya edición de 1960, en las Obras Escogidas es la que poseo, publicó Agustín Codazzi una relación de donde habitaban los indios venezolanos hacia la cuarta década del siglo XIX. Calatrava que lo incluye en su libro, publicado en 1947, poco más de 100 años después hace la atinada observación de que en el tiempo transcurrido debe tenerse en cuenta “la mezcla i confusión de dichas tribus entre si, con la población restante, o bien el cambio i la mudanza o extinción de sus usos y costumbres, comercio, etc.”, observación que ya Codazzi señalaba como necesaria de tener en cuenta al hablar de los grupos que él encontraba como existentes en la Venezuela de entonces entre quienes incluía un grupo en el Cantón de Caicara formado por los Ayamanes, Guaiquires y Parecas quienes vivían en los ríos Chivapari y Suapure, dóciles y cultivadores como los Panares que vivían en las cabeceras del río Cuchiveros.
Codazzi tomando en cuenta las lenguas habladas por los diferentes grupos indígenas de la Venezuela precolombina, los clasifica de esta manera:
“Los Gayones, Cayones, Cherecherenes, Dazaros, Cucaros, Amaibos, Toboros y Atisacaymas que habitaban entre el río Suripá, el Apure y el Portuguesa”, grupo al cual ya hemos mencionado porque en él se incluye la etnia a la cual nos interesa ubicar en la geografía venezolana: a los cayones. Según Codazzi “su lengua era de la nación Yaruro-Betoy o un dialecto de ella” (Codazzi, op., cit. 253).
Otro grupo era el siguiente:
“Los Jirajaras, Nirvas, Cuibas, Tocuyos, Güeros, Gayones, Omocaros y Yanaconas ocupaban la actual provincia de Barquisimeto y la serranía de Nirgua…”.
Según Codazzi, que redactó su obra hacia la tercera o cuarta década del siglo XIX, publicándola en 1841, las dos últimas “razas” citadas en este grupo estaban completamente extinguidas y las demás “se han mezclado de tal manera en la población, que apenas conservan algunas facciones indígenas” (Op. cit, p 258).
Otros grupos que contiene esta clasificación lingüística de Codazzi es el de los Caquetíos que “poblaban la mayor parte de la provincia de Coro” e incluía, según Codazzi a los Guaranaos de la Provincia de Paraguaná, los Topuros de la serranía y los Baraures” que “hablaban ciertamente la misma lengua”.
Finalmente habla de “Los Baraures que vivían en el Cantón actual de Araure, los Turariguas, Duriguas y Tucariguas (sic) que habitaban el país entre Cojedes y la Portuguesa , debían hablar la misma lengua de los de la provincia de Barquisimeto, a causa de la cantidad de nombres que se conservan en muchísimos parajes” (Op., cit, 259).
Esta clasificación de Codazzi estuvo vigente durante todo el siglo XIX y muchos autores, posteriores a él, la adoptaron sin mayores objeciones, entre ellos el Dr. Elías Toro, en 1906 y Alonso Calatrava en 1947.
El problema es que a dicha clasificación habría que hacerle no pocas observaciones a la luz de las más recientes investigaciones en las cuales, con auxilio de la etnohistoria, la antropología, la lingüística y otras disciplinas se ha logrado profundizar exitosamente en zonas hacia las cuales Codazzi y autores contemporáneos o posteriores apenas si habían logrado avanzar aunque es gracias a sus aportes incompletos, no totalmente ciertos quizás en muchas de sus conclusiones, que ahora, quienes trabajan dichos temas, armados con fuentes recién abiertas y estudios más sistemáticos, pueden avanzar hacia elementos y situaciones en aquellas épocas imposibles de alcanzar y en Lara, por ejemplo, podamos asegurar que se poseen suficientes recursos para ofrecer más exactas ubicaciones geográficas de los grupos indígenas que poblaban este territorio, particularmente, los indios gayones, o Cocuy, su antigua denominación.
Capítulo XIV
Al régimen colonial español le interesaba, a los fines de imponer su dominio en los pueblos americanos, que la lengua de Castilla fuera la única que hablaran los indígenas.
El 1º de junio de 1547 la Corona Española ordena que las enseñanzas doctrinarias la hagan los curas en las lenguas de los indios; el 7 de junio de 1550, plantea en cambio, que se enseñe el castellano; el 24 de marzo de 1567, Felipe II ponía como condición que los sacerdotes, para servir en América, conocieran las lenguas indígenas; el 17 de marzo de 1619, Felipe III insiste en que los religiosos debían conocer las lenguas y adoctrinarlos con el uso de las mismas pero finalmente, se ordena definitivamente la enseñanza del castellano en los pueblos bajo su dominio mediante Cédulas reales de Felipe IV, el 2 de marzo de 1636 y de Carlos III el 10 de mayo de 1783. (María Stella González de Pérez. Trayectoria de los Estudios sobre la lengua Chibcha o Muisca. Bogotá, 1980, p. 63).
Se decide así la extinción de las lenguas indígenas en América entre ellas la de los indios cocuy o gayón que posiblemente hablaron una lengua, de la familia chibcha, de nombre lache ya desaparecida y de la cual en Colombia sólo se tienen noticias de haber existido en la región del Nevado Cocuy.
En 1623, en pleito sostenido por Fr. Juan de Espinosa, guardián del Convento San Francisco de El Tocuyo, en una información que remite a sus superiores, dice que “…los siete doctrineros que hay en los siete pueblos de naturales en el término de esta ciudad [de El Tocuyo] no saben la lengua para poder enseñar la doctrina cristiana a los dichos naturales ni poderles catequizar, que es la lengua general de los indios llamados coyones deste distrito, porque de otras naciones son muy pocos los que hayo y esos sólo están poblados en el valle de Quíbor donde asimismo hay los dichos ancianos indios coyones”. (Lino Gómez Canedo. La Provincia Franciscana de Santa Cruz de Caracas. Caracas, 1974, tomo 2. p. 150 - 159).
La de los gayón fue lengua general en la jurisdicción de El Tocuyo y en ese idioma se escribió un catecismo. Cuando en 1625 el Obispo de Venezuela, Fray Gonzalo de Angulo visitó a El Tocuyo, escribió en el informe elaborado al efecto que de la lengua gayona hablada en Quíbor, por indios de diferentes etnias, se había hecho en Carora “…catecismo, doctrina y confesionario que puede servir para el cura doctrinero que fuera de la dicha doctrina de Quíbor…” (Gómez, id., tomo 2, p. 156)
Escribió además, “… que la más universal y común que se habla y casi todos entienden es la coyona y que más curatos y doctrinas tiene como son los valles de Humocaro, Guarico, Sanare, Cubiro y la de San Francisco de la Otra Banda ; y que aunque en la doctrina de Quíbor hay indios gayones, ajaguas y camagos, todos éstos entienden la lengua gayona…” (op. cit., p. 156).
Finalmente el gayón fue sustituido por el español y un pequeño vocabulario, reunido en Bobare por el ingeniero Alfredo Jahn, en 1910 y, nuevamente compilado en 1926 por Luis A. Oramas, a la luz del estudio que hemos hecho del mismo, ha resultado pertenecer a la lengua de los ayamán y no a la de los gayón ya que, además de coincidir en su casi totalidad con los vocabularios ayamán reunidos en San Miguel de los Ayamanes, Siquisique, Parupano y otros lugares pertenecientes a esta etnia, se confeccionó con palabras recordadas por un cacique ayamán del caserío Docore de la Sierra de Matatere, llamado Antonino Dobobuto.
Restos de la lengua que hablaron los gayón son los siguientes topónimos: Curigua, loma en Sanare; Bojó, caserío; Guataquira, valle; Cauro, valle; Güembis, aldea en Humocaro Alto; Moreco, la famosa laguna sanareña; Miracuy; Guapa; Urupe, quebrada; Espués, quebrada; Cuay, quebrada; Chis, una caída de agua; Maruto, Garabote, Guache, Chabasquén, Yacambú, todos ríos; Yainó, lugar; Humocaros, Acarigua, Guaitó y muchos más que ameritarían una más amplia investigación.
En listas de indios encomendados en Sanare, se encuentran los siguientes nombres de personas: Mami, Nacarainte, Piy, Ganam, Unim, Raus, Gerei, Yapere, Buruay, Carapana, Saureto, Breo, Curai, Maori, Cumaya, Guer, Camane, Raure, Uraure, Maure, Nei, Chan, Samire, Mausa, Guaruim, Nauro, Aira, Saruo, Pausi, Arato, Kuikui, Karapaine, Yan, Yaureto, Paurio, Jukurai, Wando, Yamire, Yaura, Wasi, Baruai, Parune, Nare, Wauna, Maure, Raune, Kwini, Kappu, Embo, Waja, Akwaima, Jaraima, Rire, Tawatai, Yaturo, Karuaye, Marau, Kauro, Tunir, Sau, Kai, Wayak, Yau, Kautare, Jaure.
Por su parte, los hermanos Escalona, en dos de sus libros: Retrato Hablado de Sanare, 1992 y Maíz: Taita Coyon, 2001, recogieron en el Municipio Andrés Eloy Blanco, numerosos términos dialectales que seguramente tienen su origen en la lengua cocuy: súculo dicen al picure; laba a la lapa; musena, es una planta pajiza, de uso medicinal, contra paperas y sinusitis; porrongo, pocillo de barro; carebe, recipiente hecho de tapara; randaca, rana; al chinchorro dicen sipote; picure al convite; picurera o picurita, a la roza; la hoja seca del tabaco es jorojoro; una vara, antigua medida agraria, de tierra es una casimba; bosuga una planta tintórea; manare, maruto, son especies de canastos; conopia es una planta tintórea que húmeda pinta de azul y seca de negro; al glotón llaman corrucho; a una persona mala gente, bandida, le dicen, corrundingo o corrundinga; la mochila de base ancha y pico angosto es churrusco; el perro de agua o nutria, perrendengo; un tumor, una hinchazón es un poporo; al pico de maíz se le dice serepe; titiritaña es viejo; turundungo, canto para los niños; tuturuto es mareado; pinini, un hombre pequeño; aljorra es una enfermedad del maíz; naura, es la barba que echa la mazorca al comenzar a madurar; coa, estaca para sembrar; ava, cesta para colocar ofrendas a los muertos; turundango así se llamaba el baile al maíz de los indios cocuy; al jojoto verde, zarazo le dicen funche; al bambú, gualfa; jujure es una especie de bejuco; juruminga es mujer pretenciosa, chismosa y en masculino es amanerado; lembe, es un azote o cuerazo; mapire es saco; sigüire, un tipo de maíz; cayare, nombre de una divinidad cocuy; arraigan, guayaba, fruta pequeña; arrechunga es golpe y también una maniobra en el juego de perinola; baumento, pan salado con huevo, cilantro y canela que agregándole hierbabuena calma la naúsea; berría, chicha muy fuerte; burucuco, es un pájaro marrón, negro y blanco cuyo canto se tenía como anuncio de lluvia; chagua, tumba, roza; chuchuy, árbol de resina; cocoro, mazorca de maíz pasmado por falta de lluvia, equivale más o menos, al purkate ayamán; insopo, tipo de cesta o nasa de pescar ; chirinó es potrero; tungará, significa sapo; el violín es churrusco
Capítulo XV
1
Julio C. Salas, estudioso escritor merideño, clasificó a los indígenas venezolanos en tres grupos de acuerdo a su ubicación geográfica. El primero de ellos el del Centro, incluye a los Coyones. ( Tierra – Firme , Mérida, 1971, p. 38) Propone además, el criterio general, no compartido por mí, de que el poblamiento de este continente se verificó de norte a sur, por presiones sucesivas de unas tribus sobre otras. (Op. cit., p.30).
Poca atención ofrece Salas a los grupos indígenas larenses y es en la oportunidad de referirse a su vestimenta cuando dice, creo que desacertadamente, que entre quienes usaban taparrabos se encontraban “los Coyones de Barquisimeto” (Op. cit., p.54) y de modo concluyente, Salas termina identificando a los pueblos indígenas larenses como parcialidades de la belicosa etnia Girajara, opinión que de ningún modo comparto.
“En el distrito Torres, del Estado Lara, existía la tribu propiamente llamada Girahara, pero como las otras vecinas, Nirguas, Cuibas, Curariguas, Ayamanes, Coyones, etc., participaban del natural guerrero de los primeros, conviene simplificar el estudio etnológico agrupándolos en una familia, cuyo distintivo sería, en todo caso, las costumbres feroces de todos y sus flechas envenenadas ”.
Y reforzando sus discutibles criterios, Salas afirma seguidamente que los P.P. franciscanos fundaron N.S. de Quibor, San Miguel de Cubiro, Santa Ana de Sanare, N.S. de la Aparición , etc., con indios Curariguas, cosa totalmente incierta pues además de que no existió una etnia de esa denominación, puede verificarse fácilmente y con cúmulo de documentación, mucha de la cual hemos usado citándola del libro del Dr. Ambrosio Perera, Organización de los Pueblos Antiguos de Venezuela, que los mencionados por Salas como fundados por los franciscanos, realmente lo fueron, muchos años antes, en 1620, por el Gobernador Francisco de la Hoz Berrío o Jueces Pobladores nombrados por él y su poblamiento fue con indios Cocuy, o, Gayones.
Se destaca en los trabajos de Julio C. Salas, la idea de que los españoles, autoridades capitulares, militares, religiosos o cronistas, tendrían designaciones generales y sin importar de qué etnia indígena se tratara, serían Girahara, todos aquellos de natural guerrero, rebeldes y reacios a cualquier tipo de sujeción a los españoles; Caquetío, los que por el contrario se mostraban dóciles y altamente colaboradores con los españoles y sus instituciones. Es decir, para Salas los indios Cocuy, gayones, o como los identifica, Coyones, serían realmente una parcialidad Girahara, afirmación que debe rechazarse aunque, según dijimos, en Guataquero, región de Nirgua, los Gayón mantenían cierta relación con los Jiraharas, le cocinaban a éstos, no hay duda alguna de que eran definitivamente etnias diferentes.
Lisandro Alvarado, consultado por Salas, sobre esta teoría suya, le manifestó su desacuerdo en los siguientes términos:
“La hipótesis de que el nombre de los caquetíos fue voz genérica para designar a los indígenas que de grado se sometieron a los españoles la creo inaceptable. Fuera de que en tal caso estuvieron diferentes tribus más o menos importantes, los caquetíos ocupaban una importarte extensión de territorio extendidos al pie de la Cordillera Occidental de Venezuela”. (Julio C. Salas. Op. cit., p.116).
El criterio generalizador de Salas, además de poco fundamentado, no nos serviría para definir con justeza y veracidad, los territorios ocupados por los gayones en la región Centro-occidental de Venezuela antes del siglo XVI y si lo citamos, es exclusivamente para rechazarlo.
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En dos libros de reciente publicación, fecha de la cual, no consta en ninguno de ellos, pertenecientes a dos excelentes amigos y esforzados investigadores de nuestro pasado desde las científicas trincheras del Museo Antropológico “Francisco Tamayo” de Quibor, los antropólogos Juan José Salazar autor del titulado Caciques y Jerarquía Social – Sociedades Complejas, período de contacto en el noroccidente de Venezuela; y Félix Alberto Gil, autor del que se denomina Aspectos Funerarios del Centro Occidente Venezolano: Caso Región Larense, se encuentra lo que, tomándolo de un trabajo mimeografiado es la tesis de grado de Pedro Rivas, (1989) titulada: Etnohistoria y arqueología del sitio arqueológico Cueva Coy-Coy de Uria, Sierra de San Luis, donde este tesista, supone habrían estado agrupados “según el ámbito geográfico y patrones de asentamiento” (Gil, op. cCit., p.6) los pueblos indígenas del centroccidente venezolano.
Citamos, del libro de Salazar, la parte que nos interesa en relación con los propósitos de esta serie de artículos sobre indios Cocuy o gayones.
“… Camacaro, Coyón, Cuibas, Cuicas, Tocuyos, Umocaros, Vanos, tuvieron su asentamiento en las Montañas del Sur y Suroeste del Estado Lara, Portuguesa (sic) y el Noroeste (sic) del Estado Trujillo y los Ajaguas, Ayamanes, Jiraharas, ocuparon el sistema montañoso coriano” (Salazar, op. cit., p.40).
Mucho habría que objetar a estas pocas líneas mediante las cuales Rivas, en su tesis de grado, intentó ubicar geográficamente los grupos que en ella se mencionan. Aquí sólo haremos las siguientes observaciones:
1.- Camacaro, Tocuyos, Umocaros, no son, o así lo creemos, designaciones para etnias específicas y en el caso de los “Umocaros” ellos realmente eran indios Coyones.
2.- Aceptando que existió una etnia “Camacaro”, ella habría estado situada en Río Tocuyo; los “Tocuyos”, obvio, estarían en El Tocuyo y entonces no podrían ser ubicados en montaña alguna, ni al Sur ni al Suroeste del Estado Lara. Por lo demás, Río Tocuyo, se fundó con indios ayamanes y está en territorio ayamán.
3.- El sistema montañoso coriano (¿Sierra de San Luis?) lo ocupaban exclusivamente los Jiraharas; los Ayamanes habitaban muy al sur de dicha sierra, en la sierra de Baragua, serranías de Parupano pero también en la sierra y sabanas de Matatere, región de Bobare, Atarigua, norte de Crespo y todo el Municipio Urdaneta.
4.- Los Coyón (Cocuy o gayón) ciertamente pueden ubicarse en el Estado Portuguesa, llanos y región montañosa de donde originalmente vinieron. Posteriormente, en los siglos XVI y XVII, muchos indios de esta etnia fueron sacados de Humocaro Alto y nuevamente llevados al Estado Portuguesa.
Capítulo XVI
En los diferentes escenarios de los territorios que ocuparon los indios gayón practicaban la cacería con la cual obtenían abundantes fuentes proteínicas para su alimentación pero no eran iguales los métodos utilizados por los grupos cazadores.
En la “ Relación Geográfica de Nueva Segovia ”, de 1579, se describe el sistema que utilizaban los gayón que poblaron en el llano.
Dice: “…en el verano, cuando la hierba está seca, ponen fuego en redondo a un prado que ellos llaman sabana , como un cuarto de legua o media legua o una legua o lo que ellos puedan según la cantidad de naturales, y en la sabana donde ellos han echado fuego viene ardiendo y en el circuito que tienen cercado se queman dentro los animales que dentro se hallan como son venados y báquiras [y] otros animales que ellos llaman cama y que los españoles llaman danta y culebras y conejos y zorros y algunos tigres… y algunos animales que se dice cachicamo … De esta manera se proveen de comida para todo el invierno”. (Cap. IV).
De acuerdo con el texto citado este tipo de cacería se practicaba en el verano con la participación entera de la comunidad gayón resultando como producto de esta cruel acción la obtención de carne ya asada y lista para su conservación para servir los días de invierno, de alimento a toda la tribu.
En otros lugares y situaciones la caza se practicaba con el uso de arcos y flechas y para piezas grandes, las lanzas. En la obra Retrato Hablado de Sanare, p. 33, se informa que una manera especial para fabricar los arcos era la del palo llamado sietecueros.
Usaban también toletes que lanzaban con mucha certeza a los animales que emboscaban, lapas, venados y conejos, y los mataban desde considerable distancia.
Y demostrando una apreciable capacidad tecnológica en el arte de la cacería, los gayón, tal como lo hicieron luego sus descendientes en la zona alta del Municipio Andrés Eloy Blanco, armaban ingeniosas trampas entre las que se distinguen dos: de tipo ahorcador y machacador, con las cuales obtenían piezas pequeñas pero de gran valor alimenticio.
Reunían así en sus rústicas despensas carne de toda clase de animal que satisfacían sus necesidades alimentarias principalmente en los duros tiempos lluviosos, además de los ya nombrados , puercoespín, mapurite, ardita, rabopelao, cangrejo, aves de todo tipo, gusanos del maíz, etc.
Es de suponer que para que estas reservas de carne no se les dañara en el largo tiempo lluvioso, habrían desarrollado sistemas de conservación eficientes tales como el ahumado y la salazón.
Practicaban igualmente la pesquería ya que la mayor parte de los territorios que habitaban son cruzados por numerosas corrientes de agua, ríos caudalosos, arroyos y quebradas de aguas permanentes donde se crían toda clase de peces.
En
La Relacion Geografica que hemos citado se hace alusión a ésto que decimos: “son abundosos de pesquería porque hay cantidad en los ríos que pasan cerca de sus casas, como es un río que llaman Hacarigua”, mencionando también, al Boraure y Guache “además de muchos arroyos que en verano están llenos de peces” y allí iban con sus mujeres e hijos.
De estas actividades pesqueras que durante el verano, practicaba el pueblo gayón, Pedro Pablo Linárez, observó que “La costumbre de pescar en estos ríos” de Chabasquén, Chabasquencito, Saguas y Biscucuy “aun se observa entre los pobladores de estos valles y se recuerda la pesca en cestas llamadas ‘insopo', la secada de los caños desviando el curso principal y el toteo, es decir, golpear una piedra contra otra donde se ocultan los peces” ( Etnohistoria del Estado Lara, p. 197).
Otro sistema de pesca es con el uso de las raíces de las plantas adormideras como el barbasco el cual, según todavía se usa, lo machacan y “… majado lo echan al río y parece que el zumo de él emborracha al pescado, de manera que estando así, los naturales no hacen sino tomarlo con las manos y sacarlo fuera” (Relación Geográfica de Nueva Segovia, cap. IV).
Así pescaban en el río Acarigua palambra, sardinas, bocachicos, cachamas, lisa, caribe, bagre.
Los descendientes del pueblo gayón que habitó la región alta del Municipio “Andrés Eloy Blanco”, dijeron a los hermanos Escalona que el barbasco se hecha de noche y con el sol adquiere sus propiedades adormecedoras, que el agua se pone blanca al caerle el barbasco el cual no se puede señalar porque entonces pierde su efecto adormecedor y los peces reviven; tampoco la gente debe entrar al agua donde se ha echado barbasco porque se debilita y ya no mata a los peces.
Elemento importante en la alimentación gayón era el fuego que, como otros numerosos pueblos, obtenían por el sistema de frotación de maderas altamente combustibles, recogiendo las chispas producidos en motas de algodón. Con el fuego mantenían encendida la leña en los fogones y en los hornos que ya formaba parte de sus técnicas vitales tal como lo señala la Relación Geográfica de Nueva Segovia en relación con el cocimiento de las cabezas del cocuy cuando dice: “Y esto cuecen en sus hornos con mucha piedra caliente, y debajo de la tierra”.
Así, igual que horneaban el cocuy, asaban en esos hornos subterráneos o barbacoas, a los animales cazados. Los echaban en ellos con todo y cuero y cuando ya estaban cocinados, los sacaban, les quitaban los pelos y entrañas y comían, incluidas las pieles ya depiladas.
En cuanto a la conservación de la carne por el método de salarlas es co nocido que la sal la obtenían de la que grupos indígenas especializados en su comarca traían de las salinas marinas en Borburata o Coro pero en El Tocuyo, grupo indígenas hacían sal de tierra, cociéndola en grandes vasijas de barro, durante tres días y tres noches, obteniendo así una sal apta para fabricar cecina.
La Relacion Geografica dice tambien que los naturales que no pueden alcanzar esta sal [la de tierra] queman enea y otras yerbas y las cenizas de ello comen por sal ”.
Así que en cuanto a alimentos de origen animal debidamente condimentados y cocidos, en hornos o en sopas, los indios gayón, como el resto de la población indígena americana, eran suficientemente autoabastecidos y lo que se ha dicho de su mala y deficiente alimentación, es un mito más de los muchos que la historiografía colonizada ha inventado pues de ningún modo sucedió tal antes de la ocupación llevada a cabo por los españoles a finales del siglo XV y principios del XVI.
Capítulo XVII
El pueblo gayón, según se desprende de los documentos que ya desde el siglo XVI se elaboran por autoridades civiles o eclesiásticas, representantes de la Monarquía española, sin dejar de practicar la recolección de productos vegetales, practicaban actividades agrícolas más que suficientes para su alimentación y, en algunos casos, para el intercambio entre ellos o con grupos indígenas distintos a ellos.
Y como hemos visto sus prácticas de cazadores y de pescadores, debe decirse, entonces, que los indios cocuy, o, gayón, serían clasificables como pueblo recolector cazador – pescador – agricultor en tránsito hacia el ejercicio de una rama superior de la economía como es el comercio que ya, en su forma de trueque, ejercían de manera regular, tal como lo pudieron apreciar los españoles quienes intercambiaron con ellos baratijas o herramientas por oro y comida. Así lo dice en 1530, Nicolás de Federmann, en la relación de su paso por el territorio de los gayones, o, cocuy.
Los documentos que se refieren a la vida de los pueblos indígenas en el Estado Lara hacen referencia muy general acerca de los productos vegetales recolectados por esos pueblos para su alimentación.
La Relacion Geografica de Nueva Segovia capit. V, dice: “Y de comer, hoy si lo tienen, y mañana si les falta van a buscar raíces silvestres hasta tanto que cogen su comida de maíz y que siembran, y que alguno viene a dar fruto a los 40 días y otro a los tres meses, más o menos, poca cantidad”.
Con ésto, sabemos el tiempo durante el cual estos indios cocuy, se dedicaban a la recolección, no siendo otro, que el que debía esperar para obtener las cosechas del maíz, esto es, entre abril y agosto o algo menos.
En este mismo documento, en el cap. XIII, se informa que uno de los frutos silvestres que formaba parte de la alimentación de los gayón, era el caduche, breva o lefaria, así como el dato agregando que “Hay otros muchos árboles silvestres que dan fruto de que los indios comen y hasta les acarrean algunas enfermedades”, seguramente refiriéndose a frutos como el jobo y la maya, cuya excesiva ingesta produce una especie de fiebre o del semeruco que puede causar estitiquez.
Para sopas, dice esta Relación de 1579 se usaban bledos y otras hojas y raíces lo cual se mantuvo igual hasta mediados del siglo XX, entre los descendientes de los indígenas que poblaron el territorio perteneciente al Estado Lara.
Los documentos coloniales no los mencionan todos de manera particular pero en la dieta gayón debieron estar presentes otros alimentos silvestres y complementarios recogidos en la época conveniente.
Guayaba, aguacate, caimito, maya, corozo, parchita de monte, caujaro, mamones, cotoperíz, semerucos, guamos, guácima, onoto, chara, brusca, buche, nueza verdolaga, hayo, flores de algunas plantas, etc. Maiz ahuyama
De esta experiencia recolectora devino la labor agrícola cuando el hombre concibió que muchos frutos silvestres podían ser cultivados allí donde la tierra óptima y las condiciones climáticas hicieron propicia la agricultura.
Con la aparición del conuco el indio cocuy, o, gayón, detiene su vida, trashumante se hace sedentaria en territorio perfectamente delimitado y por el cual se mueve de pesca o cacería o cuando la tierra de su conuco, exhausta e improductiva, lo obliga a trasladarse a otro lugar donde labra su nueva unidad de producción agrícola.
Posiblemente sea a los gayón a quienes se refiere La Relacion Geografica arriba citada cuando explica que en 1579 estaban poblados en Cordilleras al sur de Barquisimeto en barrios o aldeas de cuatro en cuatro casas, situado cada grupo a tiro de arcabuz [75 metros] o algo más de media legua [2600 mts] y ayudándose unos a otros construían las casas en los conucos y así evitaban que los animales dañaran sus siembras” (cap. V) y en el cap. XIII, refiere que cuando la tierra se debilitaba y producía poco, quemaban las casas hechas de paja y se iban a otros lugares a hacer nuevos conucos.
En estos conucos se cultivaban varias especies vegetales pero primero que nada el maíz que grupos indígenas, como los gayón, posiblemente trajeron a Venezuela desde Colombia si aceptamos una hipótesis según la cual 200 años a.C. “se introdujo en los cultivos de la costa [colombiana] el cultivo de maíz, hecho posible tal vez por las transformaciones climáticas que hicieron el tiempo más húmedo y lluvioso hacia el 700 a .C.”, agregándose en el trabajo que utilizamos que “El hecho de que conjuntamente con el maíz aparecen alteraciones culturales de gran semejanza con elementos mexicanos hace suponer que fue traído del norte, donde se cultivaba al menos 3.500 años a. C.” (Banco de la República , http: //w.w.w lablaa.org / blaavirtual / historia / hicol / hico 3 htm , búsqueda, 9-7-2006).
“Por la banda del sur [como hasta 15 o 16 leguas de Barquisimeto, dice la Relación de 1579], se coge entre los naturales más maíz y yuca que en esta cordillera, por estar arrimados a los llanos que es en invierno [lluvia] tierra muy húmeda y de muchas aguas…” y agrega que “ en invierno cogen algún maíz y algunas ahuyamas que son comparadas a calabazas, y de estas comen y se sustentan y gran cantidad de ellas”.
Desde luego, importante como era el maíz en la alimentación indígena, no era el único vegetal cultivado en el conuco gayón. También la yuca, el ñame, la batata, la papa, el ocumo, el guaje entre los tubérculos; y entre los granos la caraota negra, el frijol, el quinchoncho, la arveja; y el tomate, el ají, la ahuyama, etc.
Tenemos así aproximadamente elaborado el catálogo completo de la ingesta gayón en la cual abundaban, de acuerdo al lugar ocupado por cada grupo que formaba esta etnia, llano, montaña, valles, piedemonte, tierra xerofítica, carnes y vegetales de gran variedad como quedan enumerados y de los cuales, según las pruebas historiográficas y arqueológicas, había normal intercambio entre ellos.
Capítulo XVIII
Los gayón, o, cocuy, construían sus casas en los mismos lugares donde establecían sus labranzas pues de este modo podían protegerlas de la acción depredadora de los animales: loros, monos, puercos que, de descuidarse, podían acabar en corto tiempo con las cosechas, especialmente las de maíz.
Por eso los niños, provistos de fondas, que manejaban con puntería certera, se encargaban de resguardar los sembradíos especialmente en las horas de la mañana, cuando las bandadas de loros y otros pájaros buscaban su alimentación matutina.
En el resto del día era más problemática la vigilancia y era allí donde diversas prácticas mágicas cumplían el resguardo del conuco.
Por ejemplo, alrededor de la siembra del maíz apto para comer, se siembra maíz negro el cual repugna a los chucos, o, monos y otra clase de animales. Llegados al cultivo y encontrarse con el repugnante maíz negro, los convence que todo el conuco es despreciable y no penetran en él que de hacerlo encontrarían el apetecido alimento.
Otra práctica era regar orina alrededor del conuco y ello corría a los depredadores.
Estas prácticas y las invocaciones a las divinidades por buenas cosechas se acompañaba, por lo menos en la parte alta del Municipio “Andrés Eloy Blanco” con la presencia de un niño quien portando un pito rojo, hecho de un gajito de palma y cuyo sonido era muy fino, espantaba los animales.
Pero no sólo de los animales es necesario proteger los conucos. En una tradición recogida por los hermanos Juan Ramón y José Ramón Escalona, en la zona alta del Municipio “Andrés Eloy Blanco”, territorio gayón, se explica el origen de las malas hierbas que podrían ocupar un terreno preparado para la siembra si no se toman las medidas para eliminarlas. En la tradición recogida, la ahuyama juega un importante papel, además del que, como alimento, le es inherente.
Cuando se roza en la mañana, en la tarde debe sembrarse ahuyama en las partes altas –dicen los descendientes de los indios cocuy-, para evitar que crezca el monte y no se debe quemar en la noche porque pasa “la vieja” sembrando semillas de monte. Donde nace ahuyama –dicen con la profunda convicción que da la experiencia milenaria- no nace monte.
Entre las enfermedades del maíz se menciona la aljorra la cual, se produce cuando llueve con sol y salen los arcoiris. No indican remedio.
Por cierto en Retrato Hablado de Sanare , los hermanos Escalona dejaron escrito el testimonio de la gente trabajadora del campo acerca de cómo preparar algunos alimentos a base de ahuyama.
“Se seca la semilla. Se pela. Se le quita la cáscara gruesa. Se resquebraja en una piedra de moler. Se le echa el melao de papelón [que primitivamente debió ser miel]. Un papelón para medio kilo de frutas de ahuyama. Se revuelve. Se extiende en la mesa y se pican las tabletitas” (p. 88).
Para e l mojo se procede así:
“Se tuestan las semillas de auyama. Se muelen con comino y sal, algunos les gusta con ajo. El mojo se come con pan. Con suero es muy sabroso” (id).
A la sop a de auyama, llaman aun con palabra gayón: quimbembe. El apio, líquido era alimento para los niños, y es bueno contra las diarreas. El tolú, cuajado, es buena comida. La fruta de samuro la tomaban como café endulzándolo con miel. Igual sucede con la brusca con la que se hace una bebida sustitutiva del café.
Con el bleo se hacían sopas de mucho poder vitamínico.
Papas se comían de varios tipos: amarillas, pequeñas, de muchas figuras. Rosada, morada huevo de gato y blanca en forma de cambur, papa de año, norteña y joyuíta. Se cosechaba a los tres meses, y en forma abundante.
Pedro Pablo Linárez, en testimonios recogidos en la zona alta del río Tocuyo y hacia tierras del Estado Portuguesa refiere que con la batata de monte, o, yuquilla, debidamente molida, hacen un tipo de pan, que igu almente elaboran una arepa mixta de yuca y maíz, que hacen atoles diversos, de tolú, de harina de apio, de raíz de capacho y de yuca así como pasteles de maguey, caimito, curibuyere que desconocemos que es, de nueza, flor de palo y flores de bucare ( Etnohistoria del Estado Lara, p. 228)
Faltaría sumar a la dieta gayón los condimentos y edulcolorantes: los segundos formados principalmente por la miel la cual recogían en grandes cantidades y de diferentes tipos tanto en el llano como en las montañas de sus territorios, de lo cual la Relación de Nueva Segovia, trae importante testimonio; y los primeros, formados por la sal, elaborada de tierra o vegetales o traída del mar, y el ají o las varias especies de ajíes de las que los pueblos indígenas eran y son grandes consumidores.
Y en cuanto a bebidas, consumían las de tipo refrescante a base de frutas y miel, las elaboradas de maíz como la chicha o masato o de yuca de la cual se obtenían varios tipos. Estos licores de yuca los echaban en una batea para enfuertarlos lo que un dicho popular (“más fuerte que cocuy en batea”) parece confirmar. Hacían un vino de palma muy caliente, según los informes registrados en Retrato Hablado de Sanare.
Las prácticas agrícolas exigían el uso de algunas herramientas.
Para limpiar el monte y hacer el conuco, la macana, hecha de madera dura. Después con fuego despejarían la tierra de árboles más o menos grandes y de las ramas y arbustos cortados con la macana. Era un trabajo bastante ordinario, poco acabado cuya forma de hacerse perdura en el español actual: macanear quiere decir cortar el monte o hacer algo sin mayor esmero.
Preparada y limpia la tierra por la acción del fuego que, además la abonaba con las cenizas vegetales, venía la siembra de las semillas para lo cual se usaba la coa ( especie de chicora ) una especie de barra de madera que terminaba en un extremo puntiagudo con el cual abrir el hueco y sembrar la semilla en el suelo húmedo.
Capítulo XIX
Todavía a principios del siglo XX, cuando los indios gayón de la zona alta de Sanare, conservaban intactos sus usos y costumbres, celebraban la llamada fiesta o danza del jojoto, una ceremonia consagrada justamente al momento cuando los maizales llegan a la edad propicia para la elaboración de las cachapas o quizás antes, cuando brota en la generosa planta la promesa tangible de la mazorca de maíz.
En ese magnífico rastreo de nuestro pasado aborigen, en la zona de Sanare, que es su libro Maíz: Taita Coyón; de los hermanos Escalona, dos viejos testigos presenciales recuerdan este baile:
-“Eso hace palanca de años. Imagine, yo estaba de doce años y tengo noventa”.
-“Tenía como 12 años, ahorita tengo más de noventa”.
Y Pedro Pablo Linárez, asegura que “…los aborígenes practicaron hasta hace unos 50 años el Baile del Jojoto, como el ritual propiciatorio de la buena cosecha, donde danzaban alrededor de la mejor planta de maíz acompañados de los carrizos (flautas), cachos de venados y un caparazón de galápago” ( Etnohistoria del Estado Lara , p. 210).
De la información recogida por los hermanos Escalona en su obra ya citada no aparece con claridad la fecha escogida para esta celebración pero deducimos que algunos informantes cuando dicen que se hacía a fines de enero señalan las ceremonias llevadas a cabo en procura de las mejores condiciones para empezar la preparación de los conucos y la siembra del maíz; y cuando otros dicen que era en mayo, era porque por esos días, al dar naura el maíz, los indios consideraban propicia la ocasión para realizar algún tipo de ceremonia con la cual cuajaran las mazorcas y el maíz se diera sin contratiempos; y, finalmente, cuando se informa que la fiesta era en agosto, se hace referencia a las que se hacían para agradecer a los dioses gayón la generosidad y abundancia de las cosechas.
Así que estaríamos hablando no de una fiesta del jojoto, sino de todo un sistema ritual que en el periodo de preparación del conuco, siembra, crecimiento y cosecha del maíz, acompaña todo el proceso hasta la obtención de los frutos.
El baile del jojoto duraba de dos a tres días y durante el mismo los indios daban gracias porque el tiempo malo, el tiempo sin maíz, base de la alimentación, había pasado.
Bailaban con una mata de maíz en la mano, disfrazados con basura del mismo cereal, caretas hechas de espigas y hojas, pegándoselas también en la ropa. Palmoteaban y brincaban bailando. Otra forma de bailar era con un jojoto en la mano que luego se le pasa a otra persona, sea hombre o sea mujer, ya que el baile era mixto.
Los indios que celebraban el baile de jojoto a principios del siglo XX, lo llamaban turundango y cuando lo decían brincaban como los sapos y aplaudían primero el hombre o sapo y después la mujer o sapa mientras los demás daban vuelta como marchando en rueda. La gente agarraba la mata de maíz y bailaban con ella figurando una pareja.
En otra figura del baile las mujeres se agachaban y los muchachos brincaban sobre ellas.
En el baile, los pájaros tenían sus representaciones pues se bailaba con sus nidos, cantando sones dedicados a ellos siendo lo más frecuente cantarle a la paraulata y al gonzalito. Decían “toy viviendo de paraulata” o de gonzalito” y pegaban un brinco. También cargaban un pájaro vivo, como el conoto, con el cual bailaban.
En tiempos relativamente contemporáneos y modificado por la aculturación religiosa, el baile del jojoto se acostumbraba para la festividad de los Santos Inocentes o sea el 28 de diciembre y se usaban, en Cerro Gordo y Cauro, dos maracas, tres cachos, tres tambores y dos carrizos y en Avispero, cuatro tambores, cuatro cachos, dos flautas y una maraca ( Etnohistoria del Estado Lara , p. 224).
En Guapa Abajo, dicen los morochos Escalona, tocaban con una flauta de tres huecos arriba y uno abajo, un tipo de antiquísima flauta de procedencia china de la cual hemos hablado en un artículo publicado en el diario “El Impulso” de fecha 27-01-2003.
Los Escalona informan sobre un extraño instrumento consistente en un carrizo que se hace sonar dentro de una tapara con huesos y mencionan la hoja del maíz y la guarura de mano, como otros instrumentos del baile del maíz.
Los ancianos descendientes del pueblo coyón recuerdan nombres de los sones: el currundango, el sapo, el pájaro agachao y el del conoto que decía: “El conoto viene / el conoto va; / el conoto tiene / las patas morá”. ( Maíz: Taita Coyón , p 101).
Para el baile se acostumbraba una vestimenta apropiada, “…se vestían de barba e'palo, otros de monte, se vestían era de bejuco, la careta lo mismo. Aquello daba miedo parecían burucucos, se vestían muy fieros…” (Informante: María Elena Lucena, nacida en 1905).
Las mujeres se vestían del color verde del maíz y se pintaban las mejillas con onoto, y traían coronas de flores, los hombres se ponían bigotes con barba de maíz, se amarraban correas de zuela por la nuca y hablaban como mujeres cargando jojotos amarrados en los sombreros; usaban caretas y cargaban una bandera azul y negro; usaban grandes sombreros de palma, un cordón por la cintura en forma de crineja.
Los indios vestían con guayucos de capacho sigüire amarrados con bejucos y las indias cintillos de hojas de capacho. Hombres y mujeres andaban disfrazados con sombreros de hojas de maíz y usaban las espigas como adorno.
El cacique de los indios usaba mandador de bejuco o de cuero de res que cargaba en la cintura, metido en el guayuco, pero cuando consideraba que alguien faltaba lo usaba castigándolo; en la cabeza llevaba plumas de paují y pavos; usaban cascabeles en las rodillas y los hacían con una varilla de chuschuy .
La fiesta del jojoto se celebraba en cualquier parte pero principalmente a la cabecera del conuco donde fabricaban una casa vara en tierra dándole comienzo a la celebración el cacique del grupo.
Cuenta Pedro Pablo Linárez que en Guaitó colocaban en la sala de la casa la mejor mata de maíz y bailaban a su alrededor “al son de la música de flautas de carrizo, charrascas de cachos, cuatros y maracas. Después consumían las hallacas de jojotos, carne y masato, hasta la madrugada cuando repartían las últimas comidas y bebidas en un ritual que denominaban “la botada de la basura” “( Etnohistoria del Estado Lara , p. 235).
Capítulo XX
- 1 -
Aunque cada grupo indígena se plantea una cosmovisión particularizada para su uso, ciertos elementos generales de la heterogénea manera de concebir el mundo, aparecen como semejantes, parecidos o iguales.
Para Gilberto Antolinez, y en ello coincidimos totalmente, ( El Agujero de la Serpiente , Ediciones La Oruga Luminosa , San Felipe, 1998, p. 484) “el indígena depende en gran manera de la naturaleza, tanto más, cuando más se acerque su economía a las formas rudimentarias de la recolección de frutos naturales, a la caza y a la pesca”, agregando que la “vida naturista del indígena, lo lleva inexorablemente a plasmar una imagen natural del mundo…”
Apoyándose en Franz Boas, acepta que los pueblos “proyectan en lo ideal y explicativo del devenir del universo, una sublimización, o también una caricaturización, de las realidades cotidianas individuales y sociales de la vida del grupo” lo que relacionado con los pueblos indígenas venezolanos lleva a Antolínez a concluir “como los dioses karibe son tan crueles como quienes los imaginaron; y como los pueblos de sociedad en donde predomina la mujer, tienen por principio del mundo y divinidad original a La Gran Madre , Señora Absoluta del Universo”; pero que en caso contrario, cuando la sociedad de que se trate es patriarcal, “ el dios principal y primer antepasado será el Gran Padre, El Gran Abuelo, El Dios Viejo” y pone de ejemplo que “el cielo de los pueblos agrícolas andinos está regido por dioses y diosas de la lluvia, del sol, del cielo brillante y de los campos sembrados; mientras que el de los amazónicos guerreros, o piratas navegantes y mercaderes, obedece a divinidades bélicas como Kiyumakú , o fluviales o lacustres como Tunaimá, la serpiente de agua, anaconda o Madre del Agua. De esta manera se ha dado a los dioses un carácter económico y profesional de acuerdo con las actividades habituales del grupo” (p. 483)
De este culto a la serpiente como símbolo divino de las aguas, perviven noticias en la zona alta de Sanare y se dice que en la laguna Moreco habitaba una serpiente de dos cabezas pero en el río Guache había otra serpiente que, seguramente, en tiempos antiguos, eran veneradas por las poblaciones gayón. (Gerardo Peraza Silva. De Yacambú a Sanare, 1993)
Esta misma información fue recogida posteriormente por los hermanos Escalona en su libro Retrato Hablado de Sanare cuyos informantes describieron a esta serpiente portando cachos en la cabeza.
Para su implantación en América, el colonialismo español no sólo desdeñó la supervivencia de las culturas aborígenes si no que, como política de Estado consideró necesaria la extinción de las mismas en orden a la consolidación total de su dominio imperial. Es por eso que difícilmente se encuentra en la legislación colonial alguna norma protectora de las culturas americanas o que imponga a conquistadores y religiosos un mínimo respeto por las mismas así como prolifera en la llamada legislación indiana la obligatoriedad de “cristianizar” o “civilizar” a los “salvajes” pueblos “primitivos” de Indias.
No obstante en la documentación formulada por las autoridades españolas, en los informes religiosos o en las noticias historiales de algunos cronistas de la época, se pueden recoger informaciones acerca de las prácticas religiosas del pueblo gayón, o, cocuy, que si no conforman un cuerpo integral acerca del tema, puede la persona interesada organizar una visión panorámica de los procesos religiosos que en la cosmovisión gayón se desarrollaron en consonancia con lo afirmado por Antolínez, citando a Franz Boas, en el sentido de que dicho sistema es reflejo de sus realidades cotidianas, sociales y económicas.
De esos documentos que recogen información atinente al tema religioso gayón, el primero en orden cronológico, es el de Galeotto Cey quien en su obra, Viaje y Descripción de las Indias, 1539-1559, publicado en 1995, trae la siguiente información:
“…cerca de nuestro pueblo de El Tocuyo, a 10 leguas, comenzaron los indios a darnos entender que tenían espíritus o diablos que trabajaban la tierra para ellos; y se veía que en dichas montañas, en diversos lugares habían hecho círculos o palenques redondos como un corral de leños y cañas, que de día nos los mostraban desde lejos, diciendo que allí estaba el espíritu o diablo que ellos llamaban Cayare, y se oía un gritar y resoplar grande, aseguraban que allí estaba de día, y de noche labraba y sembraba” (p. 125)
De la documentación existente desde la época colonial hasta la más contemporánea, los Humocaros aparecen como un centro importantísimo de la sociedad prehispánica cocuy, o, gayón en el cual, como producto de un denso conglomerado humano funcionaron enclaves desde los cuales se difundían los principios religiosos de este pueblo y hacia los que gravitaban grupos humanos radicados en zonas como Trujillo, Zulia y Portuguesa.
El testimonio emitido por Galeotto Cey, en los primeros años de la presencia europea en la jurisdicción tocuyana, dan total validez a estas apreciaciones sobre la importancia religiosa de los Humocaros:
“Sus habitantes son de la nación que llaman coyones y en ellos encontré cierta forma de religión o superstición. Tienen, estos indios, ciertas casas grandes de madera y paja, largas y estrechas, fundadas sobre dos filas de columnas u horcones de árboles, que les servían de templos. Dentro, de una a otra parte, una hilera de vasijas de tierra como tinajas, enterradas casi hasta la boca, y según pude averiguar, cada casa de aquellos contornos, que hay muchas, tiene sus propias tinajas. Allí las casas son de tres en tres o de cuatro en cuatro, hechas a modo de cúpula, cerradas con paja hasta el suelo. En cierto tiempo llena cada uno su tinaja de aquella bebida que llaman masato, y vienen todos al templo, sentándose todos en tierra sobre ciertas lajas. Tienen estos templos el techo cubierto de paja, y por paredes una valla de paja, en su extremo del recinto hay una puerta muy pequeña y en el otro extremo han hecho un apartado, como tenemos nosotros algunas sacristías detrás de la tribuna o altar principal. Dentro de estas sacristías hay infinitas cabezas de muertos (…), de enemigos muertos en guerra, así como también gran cantidad de cabezas y cuernos de ciervos, pues algunas veces van a cazar a los llanos y aprender estas cosas. También vi allí muchas cestas y otros enseres de indios e indias principales ya muertos hechos (…) de caña vacía tejida y aplastada con su tapa encima, con que las cierran y las llaman AVAS. Guardan allí estas cosas como recuerdo, y creen de fijo que quien se las lleva moriría. En aquella especie de sacristía no entra sino el sacerdote, que es uno que no conoce mujeres, ni come cosas agrias, trae el miembro envuelto en una hoja y cuida estos templos, que hay varios. Reúnense a saber y a cantar allí y cuando hacen estas fiestas, el sacerdote ayuna unos días antes. Después, entra en la sacristía, donde llama al diablo, haciendo ciertas ceremonias las cuales no se pueden estar en ellas, pues se cuidan de nosotros, y allí cantan cosas antiguas.
“Puesta en lo alto del templo colocan una soga muy grande por la que baja el diablo a hablar con el piache”.
Excúsenos el lector tan, larga cita a cambio de conocer en detalle las características exactas del templo gayón, elemento fundamental de la religión que profesaban.
2
Los sacerdotes y misioneros, católicos actuaron en esta región con el mismo celo salvaje que desplegaron en el resto del continente prohibiendo las prácticas religiosas nativas y destruyendo todo cuanto permitiera su realización.
La conquista de los territorios por parte de los españoles y la implantación del régimen colonial, exigía, por sobre cualquier otra tarea propia de la invasión colonizadora, la destrucción de toda manifestación cultural de los pueblos invadidos, la religión en primer lugar.
La profesora Ermila Troconis de Veracoechea, historiadora y académica, localizó un documento en el Archivo de la Iglesia Concepción de El Tocuyo, con fecha de 1672 en el cual se habla de unos santuarios en El Peñón de Humocaro y otro en Los Rastrojos de Don Julián, en la misma localidad morandina y gayón.
Como se trata de una investigación llevada a cabo por el Santo Oficio en ese año, una india interrogada, “confesó que se reunía en su casa del pueblo, en la del Peñón y en una cueva, para allí cantar y tocar la maraquita , que sobre la casa caía un ruido como de un zamuro y hablaban con voz delgadita desde arriba”. Los presentes en la ceremonia pedían mercedes a la divinidad que los visitaba.
Los asistentes a estas cuevas, informa el documento, llevaban ofrendas de hilo, cera, ollitas de barro y pequeñas hamacas con piedrecitas.
Para sus ritos los sacerdotes gayón usaban una máscara negra de taparo, cubriéndose la cabeza con un pañito negro cuando invocaban a Pilancón, o sea, en la interpretación española, al diablo. En el altar, cubierto con un paño blanco y negro, ponían un vaso de barro en forma de cáliz. (Ermila Troconis de Veracoechea. El Tocuyo Colonial. Caracas, 1984, p. 340).
En lo religioso la resistencia gayón fue particularmente contundente contra el invasor, negándose a aceptar el adoctrinamiento aculturador e incluso los frailes, a quienes se le encomendó dicha empresa, hacia 1579, prácticamente habían renunciado a ejercer sus funciones entre el pueblo gayón. Así se registra en el capítulo 12 de La Relacion Geografica de Nueva Segovia: “… de presente –se lee en ella- no hay doctrina en la dicha provincia de los coyones porque a los frailes no les parece que es gente que la reciban a gusto”.
Perseguidas sus prácticas religiosas y destruidos sus templos, los gayón, ejercían aquellas a escondidas de las autoridades religiosas refugiándose en lugares inaccesibles o en cuevas ocultas que utilizaban como templos, manteniéndose en sus creencias año tras año, una generación tras otra.
En 1777, el obispo Mariano Martí, como parte de su largo recorrido por pueblos y ciudades de Venezuela, llega hasta los Humocaros y su testimonio queda como prueba incontrovertible de la persistencia gayón en la conservación del culto a sus divinidades y el ejercicio inalterable de los ritos mediante los cuales expresaban sus devociones religiosas:
“… por los años de 1735 (…), los indios de este pueblo idolatraban en una cueva en el cerro inmediato a este pueblo [de Humocaro Bajo], cerca de la cueva o del picacho o de la sima (sic). Se quitaron los ídolos de aquella y otras cuevas y fueron castigados aquellos indios idólatras, y algunos de ellos (…) fueron ahorcados, porque con hechizos mataron al Cura de Carache, que por medio de un indio de dicho valle de Carache descubrió esta idolatría, irritados estos indios contra dicho Cura. También después se descubrieron y se le quitaron a estos indios otros ídolos”.
éase como el Obispo Martí está dando noticias de acontecimientos acaecidos 42 años antes en Humocaro y nótese que en el imaginario español “civilizado” cabía la certeza de la capacidad indígena de quitar la vida mediante hechizos, es decir, el hombre blanco, supuestamente civilizado y culto creyendo y atribuyéndole poderes sobrenaturales al sacerdocio gayón.
De nada valieron los castigos de ahorcamientos a los piaches gayón porque otros continuaron manteniendo el culto aborigen en aquellos territorios, tal como el propio Martí, lo afirma, en la relación de su visita a Humocaro:
“y últimamente –dice- habrá como unos meses, a distancia de unas dos leguas de este pueblo, a la otra banda del río, cerca de la hacienda del Licenciado (?), se descubrieron en una cueva algunas ofrendas que se suponen hazían estos indios a sus ídolos. Estos [ídolos], no se hallaron, pero sí la ofrenda que yo he visto, y consisten en unas jarritas de losa, ovillos de hilos y algunas cuentas de rosario o abalorios y me dizen que en aquellos jarritos havía algunos granos de cacao”. ( Relación de su visita . Caracas, tomo I., p. 399).
Piezas de cerámica, ovillos de hilo, cuentas de rosario, granos de cacao, tesoros preciosos del bravo pueblo gayón, esclavizado en las encomiendas, perseguido por sus prácticas religiosas, maltratado por sus creencias, explotado en labores que sólo beneficiarían a sus captores, pequeños artefactos, adornos y frutos de la tierra quién sabe con cuántos sacrificios rescatados del despojo español, para ofrendar a los dioses de sus milenarios panteones, jamás olvidados no obstante la persecución ya de siglos y los castigos inclementes que soportaban en pago de sus creencias ancestrales.
Todavía en el siglo XX, los descendientes de pueblo gayón de los siglos XV al XVIII, practicaban esfuminados ritos basados en las ancestrales creencias religiosas de sus antepasados.
El culto a las ánimas pervive entre los pobladores de la parte alta de Sanare quienes les ofrendan guarapo, hayacas, chicha, chimó, tabaco y caraotas. ( Retrato Hablado de Sanare, p. 38)
En Potrero de Chirinó, los Humocaros , un chamarrero realizaba ofrendas en las cuevas vecinas y practicaba la llora del Muerto (Pedro Pablo Linárez. Etnohistoria del Estado Lara, p. 222).
Los hermanos Escalona recogieron una información según la cual los indios creían en espíritus malos y buenos y que en El Chorro del Vino dos indios con banderas con los colores del iris, las agitaban a la entrada de las cuevas donde practicaban sus ritos y ofrendas (Hermanos Escalona. Maíz: Taita Cayón ).
Las prácticas religiosas incluían ceremonias para hacer caer las lluvias llenando carrizos con harina de maíz y lanzándolos hacia arriba mientras gritaban: “¡que se paren los manares!” (Hermanos Escalona. Retrato Hablado de Sanare ).
En la Lucía Indiana , caserío vecino al Estado Portuguesa, se reunían los indios en Río Amarillo “donde supuestos espíritus fumaban” ( De Yacambú a Sanare , p. 22).
Y para proteger las siembras de maíz prendían un fogón en medio del conuco y en él se asaban jojotos con los cuales la gente recorría todo el sembradío gritando “ sarazo, sarazo, sarazo” ( Etnohistoria del Estado Lara , p. 235)
Todo lo cual querría decir que los elementos religiosos más persistentes en el tiempo tendrían que ver con las prácticas agrícolas o sea, la base principal de la subsistencia como grupo social, prácticas mediante las que los dioses invocados, auxiliaban efectivamente al pueblo gayón.
De los materiales consultados se desprende que una investigación dirigida principalmente a este tema de la religión gayón, o, cocuy, produciría resultados muy, muy interesantes, recomendable para alguien con compromisos académicos de postgrado.
Capítulo XXI
Con atavíos académicos y reconocimientos científicos, las prácticas medicinales españolas traídas a América en el siglo XVI, no ofrecían mejores recursos de diagnóstico o sanación que la practicada por los pueblos americanos. No es tema de estas noticias sobre los gayón pero quien quiera profundizar en el tema encontrará trabajos muy interesantes de historia de la medicina española de los siglos XV, XVI y XVII tanto en libros tradicionales como en páginas de Internet.
En www.scielo.org.av . Cuadernos de Historia de España, vol. 79, Nº 1., Buenos Aires, 2005, Lidia Beatriz Ciapparelli aborda el tema y explica cómo para los médicos españoles del siglo XV, el mal de ojo se consideraba como causa de graves enfermedades que podían, incluso, causar la muerte de los pacientes.
El uso de higas, o, puñetas, collares de conchas, manezuelas de plata, pedazos de espejos, ojos de gato montés, uñas de animales, metales con supuestas propiedades mágicas como la plata y el mercurio, oraciones especiales, yerbas, sahumerios, ungüentos, nombres cabalísticos, laxantes, sangrías, bebidas reconfortantes, fue parte principal de la farmacopea española, traída a América en el siglo XVI.
La idea del mal ojo, tan acentuada en la medicina española de los siglos XVI, XVII y XVIII, tiene origen árabe y supone que el ma'zan ó individuo echador de mal ojo “al mirar con envidia alguna cosa, le ocasiona siempre un perjuicio; cuando encuentra un objeto hermoso, la luz envenenada de sus pupilas lo hace languidecer paulatinamente, y si se trata de hombres o de animales puede llegar a matarlos”.
Con esta visión construida sobre meras supersticiones, sorprende que los españoles, civiles o eclesiásticos, rechazaran tan obsecadamente las prácticas medicinales indígenas, en muchos aspectos tan adelantadas a las creencias españolas.
La medicina gayón, según la documentación existente, sin ropajes académicos, se encontraba tan adelantada como la española pero desde la práctica de sus piaches, se desarrollaba en forma superior en algunos campos de diagnósticos y curación.
Estas enfermedades se recibían como castigo de los dioses, eran producto de brujerías echadas por algún piache enemigo o por causas distintas como picadas o mordeduras de animales, acciones de guerra, caídas o, en el caso de las mujeres, los cambios hormonales del mes en cuya condición las mujeres podían trasmitir incomodidades o malestares.
Las curaciones, siempre efectuadas por el piache, se presentaban en varios aspectos: con sahumerios de plantas especiales, ayunos durante varios días, hechicerías mediante las cuales se contraatacan los males causados por otras brujerías, con soplos y chupamientos acerca de lo que Fray Antonio Caulin anotó lo siguiente: “Viene el Piache, encarece la enfermedad, recoge yerbas y raíces, sopla al enfermo, lo unge y chupa la parte lesa… ( Historia de la Nueva Andalucía , 1987, I, p. 156); golpes, lujaciones, inflamaciones musculares, dislocaciones, se curaban con sobas para cuyo ejercicio existían personas especialmente preparadas.
El medicamento vegetal es el corriente que solo, o combinado, con las prácticas mágicas o religiosas, se usaba en el saneamiento de los dolores más conocidos.
Con hojas secas de maíz morado amarradas en los dos pulgares del pie, se quita el dolor de cabeza, la cera de abeja se utilizaba para los dolores de muela obturando las cavidades molares. Cenizas de plantas, piedras, semillas, huesos de animales formaban parte de la riquísima farmacopea gayón pero eran principalmente los hechizos propios de los piaches los que más efectividad tenían en la curación de los enfermos o en la producción de daños a enfermedades de personas. Con cachos de animales, o cachimbeo, se echaban los daños, clavando una estaca en una mata de cambur para ocasionarle dolores a las víctimas pero una brujería podía ser enviada en un cigarrón y el brujo estaba preparado para conocer en ciertos síntomas el tipo o carácter de los males naturales o inducidos a las personas: el canto de aves, figuras en cenizas o humo, el color de la piel, secreciones, o la orina, servían para conocer enfermedades.
La soba, humos, oraciones, rituales en los cuales era corriente el uso de danzas, tambores, flautas, maracas, fuego, piedra, aguas más la ingestión de yerbas, conchas, hojas, raíces, órganos de animales, resinas y mieles se aplicaban en procura de la sanación de dolencias diversas.
Pero los médicos gayón no sólo practicaban su ciencia en la atención a los enfermos sino también en otras ocasiones importantes de la vida de las personas o de sus actividades.
Al momento del nacimiento, en el paso de la adolescencia a la edad de hombre apto para el matrimonio o la guerra, en el matrimonio, en las actividades agrícolas como preparación del terreno, escogencia del tiempo de siembra, la protección de los conucos, el anuncio de las lluvias, o los sortilegios contra la sequía, el agradecimiento a los dioses, las ofrendas, la protección a los hogares, a los guerreros contra las armas enemigas, las honras fúnebres, las ceremonias en los templos o cuevas, la enseñanza de sus conocimientos médicos a los piaches sucesores, el acopio de yerbas y preparación de medicinas, la comunicación con las divinidades, la vigilancia de las acciones del grupo social para evitar las que causaran daños a la comunidad, en la caza, pesca o siembras así como el disgusto de los dioses, la observación de conductas agradables para los mismos (en algunas épocas esto debió incluir sacrificios humanos o de animales) y la obtención de sus favores, el cuidado de los lugares sagrados que, visto desde tiempos modernos, son estrictas normas ecológicas para la protección de la naturaleza en cualquiera de sus manifestaciones y el aprovechamiento de sus recursos sin ocasionar daño alguno a la tierra generosa aporta todos los elementos para la conservación y reproducción de la vida en general.
Como recursos propios de la preparación de medicinas en la sociedad indígena, debe tenerse en cuenta la trituración que, de acuerdo a la resistencia de los ingredientes utilizados podía ser manual, sobre la misma piel del enfermo, en piedras de moler o morteros de madera; la deshidratación con exposición al sol o a la luna, en caso de la necesidad de serenar los ingredientes pero también la fermentación o el cocimiento en el fogón o en los hornos o barbacoas.
Los remedios podían ser para su uso en forma natural, como ciertas hojas y semillas, o preparados mediante las prácticas anotadas y su aplicación era con cataplasmas, ungüentos, líquidos, aspirando sus emanaciones o humos o agregándolos a alimentos comunes.
Pese a sus miedos irracionales, los españoles adoptaron las prácticas medicinales de los indígenas y en la documentación de los cronistas coloniales es frecuente la información al respecto cuando, lejos de sus centros de operaciones, debieron hacer uso de medicamentos indígenas contra dolencias padecidas.
En la actualidad, los descendientes de los indios gayón, especialmente en la zona del alto Tocuyo, acuden a sus propios curanderos y usan confiadamente, las yerbas y otras sustancias que conocen o les son recomendadas.
Capítulo XXII
1
Acerca del galanteo y nupcias gayón no hemos localizado ninguna información pero conociendo con exactitud la adherencia de los pueblos indígenas centro-occidentales a sus territorios, creemos que lo corriente entre ellos era la endogamia aunque no desconocemos que en situaciones de guerras intertribales, la captura de mujeres y niños era común entre ellos.
Apoyamos, además, esta creencia en lo señalado por Don Lisandro Alvarado en la página 7 de su obra Datos Etnográficos de Venezuela, Caracas, 19956, cuando, citando a Humboldt, señala:
“Las naciones salvajes (sic) están subdivididas en una infinidad de tribus que profesándose un odio cruel unas a otras, no se emparentan, por más que sus idiomas procedan de un mismo tronco, o aunque no estén separadas sus viviendas sino por un brazo de río o grupo de colina. Cuanto menos numerosas son las tribus, tanto más los acontecimientos entre sus familias, repetidos por muchos siglos, tienden a fijar cierta igualdad de información, un tipo orgánico que puede llamarse racional (…) los matrimonios no se contraen sino entre los habitantes de un mismo caserío”.
En tiempos relativamente contemporáneos, prevalecía la endogamia y en la aldea de la región centro-occidental el matrimonio entre primos o parientes era lo común.
Los hermanos Escalona en su Retrato Hablado, p. 38, recogen dos informaciones de cómo se efectuaba el galanteo amoroso entre los gayón y cómo se celebraba el enlace de la pareja. En el primer caso el indio la entregaba a la india una pieza de barro y ella le devolvía otra con lo cual quedaban comprometidos; en el segundo caso, la pareja de enamorados daba vueltas alrededor de un horcón lo que observado por el padre de la muchacha, los azotaba y así quedaban unidos en matrimonio.
2
El pueblo gayón, recolector, agricultor, cazador, pescador, para el momento de la invasión española ejercitaba un cierto comercio de trueque entre las tribus propias de la etnia y con otras distintas. La presencia de objetos no propios de la región en sus tumbas probaría el intercambio comercial, directo o indirecto, con otros grupos, incluidos algunos muy distintos del territorio gayón, lo cual no es para extrañar pues era una práctica común a todos los pueblos indígenas.
Don Lisandro Alvarado recogió una información sobre una excavación realizada por R. Fréitez Pineda, en Las Veritas al norte de Barquisimeto, territorio ocupado desde el siglo XVII por indios gayones, acerca de los adornos encontrados en la tumba ocupada por cadáveres colocados en cruz, tocándose por los cráneos:
“El marfil de que están hechos los adornos indica que tuvieron comercio con tribus del litoral, y lo mismo puede decirse de los demás tribus del Estado en las que se usaban conchas de bivalvos marinos y caracoles”.
En la Relación Geográfica de El Tocuyo, de 1578 se dice que “…entre los naturales es el trueque de cosas de comer, lo que unos tienen con lo que tienen los otros; y hay un género de monedas entre ellos que llaman QUITEROQUE, que son unas cuentas pequeñas de caracoles o piedrezuelas de poco valor, y huesos de animales, con que tratan [léase: comercian] entre ellos”.
Una forma del comercio gayón era la silenciosa cuando así lo requerían las circunstancias de no entenderse por hablar lenguas distintas o por la enemistad entre los intercambiantes de productos. En la región Barquisimeto, los caquetíos, sin hablar gayón, chipa, ayaman o ajagua, comerciaban con dichos grupos y, siendo enemigos de los caquetíos del Yaracuy igualmente comerciaban con ellos, seguramente sin hablarse.
El Dr. Miguel Acosta Saignes, cita a Simón quien en referencia a la expedición del alemán Spira, dice que unos indios intercambiaban comida con los españoles sin cruzar una sola palabra con ellos y Federmann cuenta de objetos dejados por unos indios a las puertas de sus casas en tanto que ellos se encerraban negándose a relacionarse con los españoles.
De los documentos se deduce que los productos que servían a los gayón para sus intercambios comerciales serían los agrícolas, mieles de diferentes tipos, resinas y tintas vegetales o minerales, venenos para la pesca y la guerra, pescados, tejidos, lozas, adornos, posiblemente armas y por ellos obtenían sal, conchas, piedras, productos agrícolas que ellos no producían, adornos diferentes a los suyos.
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Los antiguos grupos gayón o cocuy, seguramente como muchos otros no habían desarrollado mayor preocupación por vestimenta alguna en su vida cotidiana. Se sabe de verdad que a la guerra acudían sólo con la pintura que en sus cuerpos señalaba sus características de valor, jerarquía o protección mágica contra las armas enemigas.
Don Lisandro Alvarado, citando a Herrera, y refiriéndose a los indios de la zona barquisimetana escribe que “Respecto de las tribus de Barquisimeto… siempre andaban desnudos con el miembro genital en un cuello de calabaza, y las mujeres con un pedazo de manta pintada, y algunas con una hoja de árbol grande y otras nada” (Alvarado. Datos Etnográficos de Venezuela , p. 98).
Agrega Alvarado que algunos grupos para pintarse usaban la planta de cuica o yabo , ( Cercidium viride ) pulverizando su resina (op. cit., p. 109) lo que resulta muy sugerente tan cerca como se ubican unos de otros, gayones y cuicas en la zona montañosa de Lara y Trujillo.
Los descendientes de los gayones, habitantes de la zona alta de Sanare “…hacían vestidos de bejuco, de puro palito ensartao, era así, bien labraíto” (Hermanos Escalona, Retrato Hablado de Sanare, p. 27).
Las indias se ponían chapas rojas en la cara con zaraza y cayena (Id., p. 28) y se adornaban con collares, zarcillos de musema (sic) y pluma.
Pero todavía, muchos indios, sobre todo los más jóvenes andaban desnudos.
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Los diferentes pueblos de la tierra tienen modos distintos de observar luto por la desaparición de sus familiares y amigos.
Entre los gayones permanecer callados, era la manera de guardar luto.
Capítulo XXIII
1
En la Relación Geográfica de Nueva Segovia, elaborada por los Alcaldes de 1579, se dice, que cuando los gayón iban a la guerra, “peleaban en cueros, con sus plumajes y untados algunos con bariqui” , una especie de almagre, de color fino “y otro negro a manera de tinta”.
Para atemorizar al enemigo “daban grandes gritos y alaridos” mientras hacían sonar “muchas cornetas hechos de calabaza” que los mismos indios cultivaban así como “unos caracoles grandes que traían del mar” y que sonaban mucho “a manera de corneta de correo”. Son estos caracoles uno de los productos que los gayones adquirían de quienes comerciaban con ellos. (Cap. XV).
Las armas “eran unos arcos de bodoques, un poco más fuertes. Son hechos de una madera buena de palo de tejo de los que se hacen en España arcos de bodoques y flechería”. E informa que el tamaño de la flecha gayón era de una vara y se hacen de cañas para que fueran livianas y derechas. “Injertan –dicen- en ella un palo muy bien hecho, dedicando, como un palmo, que va de fuera, y dentro se meterá otro [de un] jeme, va fortalecida la punta de la caña con un hilo muy pulidamente puesto”. Este hilo para fortalecer la punta de la caña, seguramente era de algodón o dispopo, hecho por las mujeres gayón.
La punta de las flechas “hecho a manera de un hierro de arpón” era elaborado de hueso. Un detalle interesante de la fabricación de flechas y arcos es que cada persona elaboraba las de su uso “tanto las defensivas como las de caza” siendo éste de la caza “el mayor menester que ellos tienen”.
Desde luego que el arco y la flecha no era el único tipo de arma fabricado y usado por el pueblo gayón. “Algunos llevan –se lee en la Relación- una macanas fuertes [de] palmas que estas partes nacen en mucha cantidad y se sirven de ella como de montante a dos manos”, lo que según se dice, era muy provechoso “cuando está cerca el enemigo o caído”. El ancho de esta otra arma era como de cuatro dedos, aguda por los lados por lo que al asestarla contra alguien o algo, la misma producía heridas que, por el peso de la macana, eran de bastante profundidad.
Con la experiencia adquirida en sus enfrentamientos con los españoles, los indios observaron que los arcabuces funcionaban mal o no lo hacían, bajo la lluvia, a lo cual se refiere Fray Pedro Simón, cuando dice:
“…así, pocas veces o nunca acometían a los soldados cuando no llovía, sino con la mayor fuerza de los aguaceros, con que de ordinario salían con lo mejor” ( Noticias Historiales . I, p. 236).
De los indígenas de Trujillo, sus vecinos, los gayones, copiarían hondas con fibras de cocuiza, al estilo de Honda de David, con los cuales disparaban, a gran distancia, piedras de tamaño grande, los braceros así como grandes rocas que dejaban caer desde las alturas contra los enemigos. Disparaban dardos fabricados de palma.
La Relación Geográfica de Nueva Segovia, dice:
“La generación de lengua coyona, ésta, cuando salía a la guerra, todos los que mataban los cargaban y traían para su comer…”
Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que la antropofagia de algunos grupos indígenas, la propagaban las autoridades españolas , civiles o eclesiásticas cuando dichos grupos no daban tregua a sus rebeldías y su resistencia hacía incómoda, al menos, la permanencia del régimen colonial en Venezuela. Con el expediente de satanizar a los gayón, u otros grupos rebeldes, se les abría la posibilidad legal de capturarlos y venderlos como esclavos, labor altamente redituable para algunos agentes del colonialismo español.
2
El poblado gayón constaba de tres o cuatro casas cada uno, tal como lo informa Galeotto Cey, diciendo que la vivienda gayón, la hacían “a modo de cúpula”, esto es, de techo redondo de tipo cónico y “cerradas de paja hasta el suelo” ( Viaje y Descripción de las Indias , 1539-1559. Caracas, 1995, p. 125).
Y cuando se piensa en esta descripción tipo bohío que hace Cey de la vivienda gayón, inmediatamente se remite uno a las dos figuras de bohíos que aparecen en el plano de la ciudad de El Tocuyo supuestamente elaborado en 1579.
Numerosas eran estas viviendas en lo que Juan de Villegas llamó Sierra de Acarigua o de los Coyones, de las cuales repartió varios centenares con los indios que las habitaban en las encomiendas que distribuyó en 1552 a sus compañeros de expedición, dando a la mayoría de ellos unas 40 de estas casas gayón.
La Relación de Nueva Segovia, que tanto hemos citado, dice respecto a estos pueblos:
“Y los [indios] que hay ahora poblados por las cordilleras que dicho tenemos, están en barrios de cuatro en cuatro casas, unos de otros, o a tiro de arcabuz [a 75 metros] o a media legua más o menos, lejos, porque así hacen su vivienda y sus labranzas”, confirmándose en este documento que la caza gayón era de paja toda, techo y paredes.
Pedro Pablo Linárez afirma que los descendientes de los gayón “dormían en camas de varas o trojas” hechas a propósito, lo que los hermanos Escalona en Retrato Hablado de Sanare , p. 27, confirman al decir que los indios de tiempos más actuales “vivían en caneyes y que hacían sus casas de puros horcones y una troja para dormir. Abajo cocinaban…” De esa manera se protegían de los animales peligrosos al mismo tiempo que cuidaban los frutos cosechados los cuales guardaban en estas mismas trojas, especialmente el maíz y otros granos.
Pero construían otros tipos de vivienda que, según las informaciones recogidas por los Escalona, se han mantenido hasta tiempos recientes y se fabrican de acuerdo a cada necesidad. Así, por ejemplo, la casa vara en tierra, sin horcones, techada de paja y precariamente sostenida sobre varas amarradas con bejucos las cuales sirven como vivienda temporera en los conucos; la casa palo a pique con paredes, puertas, ventanas, todo de barro y majagua la cual dado el poco costo de su construcción sirve las necesidades de habitación para personas de muy bajos recursos.
La vivienda gayón y el poblado donde se encuentra debe cumplir una serie de requisitos en razón de la belicosidad permanente del hombre gayón en contra de otros grupos o por la necesidad de defensa que tal comportamiento causa: tanto la casa como el poblado deben levantarse en terrenos elevados de fácil defensa contra los enemigos; no lejos del agua, ni de las labranzas, con tierras de caza y fácil comunicación con los grupos indígenas aliados. Como lo es la casa campesina actual la de la familia gayón debió estar orientada de Este a Oeste y contar con espacio suficiente para dormitorio, cocina y zona de esparcimiento como son los corredores para airear la casa en tiempo de calor o templarlas en época de fríos
Capítulo XXIV
1
Si en algún aspecto de su vida el pueblo gayón demostró su estrecha relación con la naturaleza que lo rodeaba y como aprovechar las múltiples posibilidades de los recursos que aquella ponía en sus manos, fue en la actividad artesanal que desarrolló a los fines de obtener los elementos básicos para la realización de sus labores, descanso, juegos, vestimenta, recreación o rituales religiosos.
Una investigación al respecto en los diferentes escenarios del territorio gayón daría como resultados una riquísima variedad de objetos elaborados por el pueblo gayón con utilización inteligente, adecuada y útil de los más disímiles elementos que la geografía gayón de llanos, valles, montañas, riberas fluviales, bosques, zonas pedregosas, arcilla, etc., le ofrecía a estos hombres que hicieron de la naturaleza su más poderosa aliada para la conservación de la vida de los seres que conformaban aquella sociedad, tan poco estudiada hasta ahora, tan acosada y maltratada por el colonialismo español y tan despreciada por la sociedad republicana, incluidos sus descendientes, aun los más inmediatos que no han podido vencer la vergüenza étnica a que los condujeron las oligarquías criollas dueñas del poder político, cultural, económico y religioso del país que nos enseñaron bien a admirar al colonizador y avergonzarnos de nuestros antepasados indígenas, negándoles cualquier rasgo importante de su historia y de su patrimonio cultural.
La riqueza y variedad de la artesanía gayón podemos inferirla de algunos testimonios recogidos entre sus descendientes como el que nos trasmite Pedro Pablo Linárez en su Etnohistoria del Estado Lara , recogida de labios de Juan Valera Frías: “Aquí son los propios indígenas y teníamos la costumbre de hacer loza, budares de barro, chirguas” (p. 220).
Los morochos Escalona reunieron al respecto en dos de sus libros: en Retrato Hablado de Sanare , p. 31, por ejemplo, anotaron cómo se hacían los mecates de majagua a la cual se le saca la concha y durante cuatro días se le mantiene en agua para que bote la baba, luego de lo cual se teje la cuerda o mecate; y en Maíz: Taita Coyón , informan sobre el arte de tejer sombreros a base de palma, cogollo o enea.
Según parece había una artesanía de carácter funerario que se ha descubierto en los estudios realizados por el Antropólogo Félix Gil del Museo de Quíbor, donde nos dice que en el cementerio Boulevard de Quíbor, muy probablemente asociado principalmente al pueblo gayón, en los cadáveres o esqueletos analizados se observaron tapaojos, cubresexos, pectorales, trípodes, mortajas, elementos con las cuales se acompañaban a los seres muertos en su tránsito hacia la eternidad en unos casos protegiendo parte de sus cuerpos y en otro, dotándolos de ayuda para dicho tránsito.
Tal vez sea de la cultura gayón el tipo de tumba descrita por el antropólogo Félix Gil.
“Los hoyos de sección circular y de base horizontal, están relacionados con la construcción de PARIHUELAS dentro de las cuales fueron envueltos a manera de tumba preliminar [o más bien ataúd], los cadáveres, su sección constructiva se asocia fundamentalmente a este tipo de tratamiento mortuorio dentro del espacio funerario bien delimitado y definido” (op. cit., p. 68).
Este especializado sistema de enterramiento donde la parihuela es el ataúd o urna en el cual se protege o deposita el cadáver para luego llevarlo a la tumba supone la utilización obvia de maderas y de algún tipo de fibras para el tejido que junto con las varas formaban la parihuela de enterramiento.
En la artesanía bélica gayón deben mencionarse cuchillos de madera gualda y otras de consistencia dura, macanas, hondas, hachas de piedra, garrotes y algo más ligado a la química que a la artesanía, pero elementos para la guerra, los venenos.
Para las labores domésticas y la vida diaria el gayón dispuso de numerosos artefactos que elaboró aprovechando las arcillas, maderas, fibras y productos vegetales de todo tipo: alcarrazas, tazas, budares, totumas, taparas, cucharas, rallos, pilones, bateas, manares o cedazos, prensas para cazabe, camaza, piedra de moler, manos de piedra, hamacas, butaques, taburetes, platos de tiestos, pocillos de barro o porrongos, carebes de olla de tapara, chirguas, sombreros, collares, pulseras, máscaras, cintas, coas, sin agregar a esta lista objetos ya mencionados en relación con las prácticas religiosas del pueblo gayón.
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La niña gayón vestía la tusa de maíz como muñeca pero también las hacía de palma, según lo recogieron los morochos Escalona, entre los descendientes de los indios gayón quienes recordaron la zaranda como artesanía lúdica de sus niños y juegos de ronda en los que se contaba estos versos: “venao, venao / vení, vení / comé cagarrutas / con maíz tostao”, o estos otros, “Guanclenduño / abrile el puño / -¿Sobre qué?- / -Sobre de pares (o nones)”. En este último juego, se ganaba si en el puño cerrado se descubrían pares o nones.
En el libro De Yacambú a Sanare , se citan los numerosos juegos que practicaban los niños de esa región, muchos de los cuales seguramente venían de los niños gayón, de mucho antes de la llegada de los españoles a este continente.
Vuelta de carnero, toboganes en bajadas para descender en sacos de cocuiza, bejucos cortados sobre los pozos de los ríos y quebradas para balancearse en ellos y dejase caer al agua, otros simplemente para balancearse de un barranco a otro, (p. 29); otro juego, dos personas se colocaban de espaldas, una contra otra con los brazos cruzados y levantamientos alternativos. Este juego llamado del pilón lo ganaba quien resistiera más; en un tercer juego, se colocaban tres nuezas con la base y una sobre ellas con lo que se formaba un “castillo” de los cuales se hacían varios y desde cierta distancia se disparaba con el pulgar, la otra nueza llamada “la jugona: Por cada castillo derrumbado se le daba uno, dos golpes o los que se acordaran al perdedor (p. 28).
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El presente es el último artículo que publicaremos en las generosas páginas de “El Impulso” sobre el pueblo gayón pero con él no concluye la pequeña investigación que realizamos sobre el tema. A estos trabajos, recogidos en libro, deberá agregarse una parte referente a las prácticas funerarias y otra en relación con la vida gayón en la etapa de las encomiendas o sea, su vida de esclavos; y, otra parte en referencia a sus resguardos y la suerte que les cupo después del reparto de los mismos, trabajo que ya debería haberse hecho por parte de las autoridades estadales y municipales en orden a obtener el reconocimiento de etnia ancestral para el pueblo gayón y en consecuencia, la demarcación de habitat y tierras, según la Ley Orgánica de Pueblos Indígenas de Venezuela, a la que poca atención le han dado dichas autoridades.
Nota: estos artículos deben ampliarse, además del aspecto funerario y algunos otros elementos lingüísticos, con lo del cadáver principal con corona de cadáveres descritos por el Hermano Nectario y con la referencia al reparto de casas por Villegas en la sierra de los coyones en l552. |